A. Brotons Muñoz, Valencia
-¿Cómo fueron sus inicios en la música?
- Los rudimentos me los enseñó mi madre, que era profesora de música.
- Eso debió de ser a finales de los años setenta. ¿No se vio su madre afectada por la Revolución Cultural?
-Primero como pianista y luego como directora de orquesta, fue excelente, muy sólida. El estilo de enseñanza era heredado de los profesores rusos que vinieron a China tras las Liberación, en los años sesenta y setenta. Primero asentaban una firme base técnica y luego se pasaba a la construcción de un repertorio. Pero el contacto físico con la orquesta como instrumento no era tan frecuente como luego en los Estados Unidos.
-¿Cómo fue el salto a los Estados Unidos? ¿Hubo algún «descubridor»?
- Sí, un profesor de la Universidad de Michigan, Thomas Hilbish, que fue a China, me vio dirigir y me recomendó para que me concedieran una beca en Cincinatti. Sin su ayuda yo todavía estaría seguramente dando clases en un conservatorio, que era lo que por entonces hacía en China.
-Supongo que el cambio debió de ser tremendo para usted.
-Sí, por supuesto. En China me enseñaron mucho y muy bien de un repertorio que abarcaba desde Bach hasta los primeros años del siglo XX. Para mí la llegada a los Estados Unidos supuso de entrada una extensión enorme y muy rápida del repertorio, con muchas obras de compositores americanos y europeos, óperas incluidas, que no conocía.
-¿No era Shostakovich, por ejemplo, un compositor muy conocido en China?
-Sí, pero no demasiado. De sus sinfonías, por ejemplo, las únicas que oí en China fueron la Quinta y la Novena. Creo que últimamente lo están programando más.
El año que viene vuelvo a China
- ¿Había y hay mucho público en China para la música artística occidental?
- Sí que había, pero no tanto como creo que hay en los últimos años. De todos modos, ahora ya hablo un poco por referencias, pues a China sólo he vuelto hace dos años por un breve período. El año que viene volveré también.
- ¿Qué prefiere, ópera o música sinfónica?
-Ambas, no tengo preferencias.
- ¿Y dentro de la ópera?
-Puccini y Verdi sobre todo.
-¿Y de los contemporáneos?
-De los contemporáneos conozco y me gustaría dirigir música de algunos compositores americanos, pero de los grandes quizá no llegaría más allá de Britten.
-Por lo que veo, el suyo es sobre todo un repertorio hecho de italianos y anglosajones. ¿Elección u oportunidad?
-Oportunidad, desde luego. En China, por ejemplo, dirigí mucha música rusa y sinfonías alemanas. Pero cuando salí de mi país, la moda eran las óperas italianas, de las que sí hice muchas y quizá eso ha encauzado mis primeros pasos en Occidente.
- En Valencia ha debutado con La bohème. ¿Qué valores destacaría usted en esta ópera?
-Para mí La bohème son dos obras maestras juntas: por un lado, la del libreto, que reduce lo que se cuenta en la novela original a la historia de amor de una pareja; por otro, la de la música, que reintroduce el aspecto fragmentario y multicolor, de historias entrecruzadas, que tenía la novela.
- ¿Qué repercusión tiene eso sobre la música?
- Superficialmente, digamos, la música es muy sistemática, con los diferentes temas asociados a cada personaje o a las escenas de amor que van reapareciendo. Pero en el flujo de sonidos que Puccini establece no hay una linealidad, como por ejemplo sucede en La traviata, sino que se plasma el contexto global en que la historia se desarrolla. Y lo más importante es que, por debajo, de las conexiones temáticas obvias, que todo el mundo reconoce, hay otras que es tarea del director descubrir a fin de que la obra adquiera esa coherencia que la hace tan especial.
-¿Cuántas producciones diferentes de La bohème ha dirigido?
- Con esta, tres. La primera fue en Beijing, la segunda en Cincinatti.
-¿Hay muchas diferencias entre ellas?
- Sí. En Cincinatti era muy tradicional. Mimi, por ejemplo, vestía como una verdadera modistilla de la época. Esta de Valencia me gusta porque combina yo creo que muy bien lo moderno con lo tradicional, y es al mismo tiempo realista e intemporal.
-¿No cree que en el segundo acto había demasiadas personas en escenas? ¿O que se las movía de una manera que causaba confusión?
- Sí, pero eso tiene que ver con el hecho de que la boca del escenario para el que fue concebida, en Amsterdam, es más ancha que la del Palau de les Arts.
Todos hemos mejorado
-¿Ha cambiado esta producción en las cinco funciones que hasta ahora se han hecho?
- Sí, ha madurado. Como suele suceder, tras el estreno, donde hay muchos nervios, todos hemos mejorado: en lo musical los cantantes, la orquesta, yo misma; y la parte escénica también ha discurrido con más fluidez. La tercera función, la matinée del domingo pasado, fue estupenda, y las últimas también han estado muy bien.
-¿No cree que los cantantes no siempre cantaban en el mejor lugar del escenario, muchas veces en una esquina?
-Bueno, sobre esto he de decir que tuve muchas conversaciones con el director de escena sobre la conveniencia de situar a los cantantes en el mejor lugar para proyectar la voz.
-¿Se ha sentido cómoda con la acústica de la sala?
- Sí, pero este es un foso que, a diferencia de muchos otros, se proyecta con mucha claridad, sin gran reverberación, de modo que hay que llevar mucho cuidado con la orquesta, porque aquí nada de lo que se hace, bueno o malo, queda oculto. Para mí no fue fácil encontrar el punto de equilibrio con la escena; sobre todo en el primer acto, que tiene una orquestación muy densa.
-¿Y con el público?
- También, pero si, como he dicho, los músicos evolucionan de función en función, tampoco hay nunca dos públicos iguales. En esta Bohème, por ejemplo, el domingo por la mañana yo noté que el público conocía muy bien la obra.
-¿Cómo se siente eso?
Por el ruido que hacen, lo que tosen, dónde, cómo y qué aplauden.
-¿Qué tal la orquesta?
- Estupenda, con mucho entusiasmo. Para muchos de los músicos creo que esta era su primera Bohème, una obra muy difícil, en la que el compás está cambiando constantemente. Sin embargo, el resultado ha sido muy satisfactorio.