TERESA DOMÍNGUEZ TORRENT/ALBAL
Todo apuntaba a un asesinato de corte mafioso, pero la realidad era muy distinta. El hombre cuyo cadáver apareció flotando el domingo en el pantano de El Regajo de Jérica murió a manos de su yerno, que puso fin a toda una vida de abusos a su mujer e hija de la víctima, según declararían el homicida confeso y su compañera sentimental después de que el primero se entregara a la Guardia Civil de Valencia el lunes por la tarde.
El crimen, cuya resolución se había complicado extraordinariamente porque el autor del mismo seccionó la cabeza y las manos al cadáver para evitar su identificación, quedó esclarecido cuando Salvador S. T., un vecino de Albal de 35 años, se presentó en la Comandancia de Valencia, en compañía de su abogado, y confesó quién era la víctima, cómo y por qué lo había matado y en qué momento se deshizo del cuerpo. Incluso llevó a los agentes al lugar donde había enterrado en cal viva las extremidades.
Nada más confesar, la Guardia Civil de Valencia alertó a la de Castelló, y el grupo de Homicidios de la capital de La Plana, encargada de instruir el atestado, viajó hasta Valencia para hacerse cargo de la declaración del homicida confeso y recoger las pruebas y evidencias que faltaban para completar el rompecabezas criminal.
Según su confesión, realizada ante su letrado y de la que se dio cuenta inmediata al juzgado de guardia de Torrent -el número 4, en ese momento-, el crimen ocurrió el lunes, día 1, en casa de la víctima, Ramón, P. E., de 78 años, una vivienda ubicada en la calle Santander de la urbanización El Pantano, en Torrent. Una de las hijas de Ramón P. E., Sandra, y su marido, Salvador, acudieron ese lunes a la casa del padre de ella para curarle "las úlceras que tenía en las piernas", según varias de sus vecinas. Al parecer, Salvador, que se había quedado fuera, escuchó gritar a su mujer y entró en la vivienda en el instante en que se producía el enésimo episodio de agresión sexual. Un mal golpe en la cabeza le provocó la muerte en el acto.
Según sus palabras, en las siguientes horas le seccionó la cabeza y las manos y, de camino a su casa, en Albal, las enterró en un campo próximo a la autovía.
El viernes, Salvador introdujo en una furgoneta de alquiler el cuerpo decapitado, envuelto en mantas y junto con el colchón sobre el que había permanecido los cuatro días anteriores, y lo trasladó hasta el pantano de El Regajo, donde lo arrojó al agua en un punto de escasa profundidad. Antes, lo ató con cadenas y le puso en los extremos un bloque de hormigón y un ladrillo.
Dos días más tarde, una vecina de Sagunt que pasaba el día con su marido y sus hijos en El Regajo, dio la voz de alarma. Al ver publicado el lunes en los medios de comunicación el hallazgo del cadáver, Salvador buscó un abogado y, esa misma tarde, se entregó, convencido de que antes o después la Guardia Civil acabaría deteniéndole, según confesó en su declaración.
En busca de la cabeza
Tras contar lo sucedido, y en compañía de la juez de Instrucción número 4 de Torrent, la forense de guardia y el abogado defensor, la Guardia Civil llevó a Salvador al lugar donde había enterrado en cal viva la cabeza y las manos, en un ribazo junto a un campo de naranjos del Camí de la Pedrera de Picanya, al pie del trazado del AVE Xàtiva-Valencia.
Tras la recuperación de los restos, éstos fueron recogidos por el retén fúnebre y trasladados al Instituto de Medicina Legal de Valencia, donde ayer la forense tomó muestras para corroborar oficialmente que se trata de las extremidades del cadáver hallado en el pantano de Jérica.
Un cartel en la puerta de casa
Tras acabar con esa diligencia, Salvador, camionero de profesión, fue trasladado a la Comandancia de Castelló, donde permanecerá hasta que pase a disposición judicial. También su mujer fue llevada ayer a las dependencias de la Guardia Civil de La Plana, aunque, de momento, no hay cargos contra ella.
Según una de las vecinas de la víctima, Mar Haro, "la Policía Local de Torrent vino el miércoles a preguntar por Ramón, porque alguien había llamado diciendo que hacía días que no se le veía. Ya no hemos vuelto a saber nada de él".
A la mañana siguiente, alguien colocó un papel manuscrito en la puerta de la vivienda. "Soy la hija de Ramón. Ramón no está en casa. Tranquilos que me lo he llevado yo porque está mal de las piernas"". El mensaje terminaba con un teléfono móvil. El lunes por la tarde, la comisión judicial retiró el cartel durante el registro de la casa.