REGINA LAGUNA VALENCIA
Por primera vez en más de dos años, Sergio F. A., reconoció públicamente ante el tribunal de la Audiencia Provincial de Valencia que el 15 de septiembre de 2007 mató a sus padres con una catana. Lo dijo, no obstante, con un hilo de voz y un nudo en la garganta, como si en ese momento hubiera asimilado la crueldad de los hechos por los que la fiscal le pedía 20 años de prisión. Quienes le conocen, afirman que no era más que una representación.
Todos los exámenes forenses determinaron que sabía lo que hacía cuando aquella noche, después de las 11.30, una vecina le oyó discutir con su padre. Lo mató a golpes "solo o con la ayuda de otra persona no identificada", según la fiscal, y le remató con una catana que había colgada en la pared. El joven, que tenía 19 años, usaba unas zapatillas de artes marciales cuyas huellas le delataron.
Su padre, Leonardo F. F., murió desangrado. Cuando la fiscal le preguntó si le agredió sabiendo que le causaba la muerte, su respuesta, tan escueta como las demás, fue: "Se supone que sí". A continuación, Sergio reconoció que se llevó los objetos de valor y las joyas que había en la casa a otro lugar.
Eran las cuatro y media de la madrugada cuando se dirigió al restaurante donde trabajaba su madre, en Albal, para llevarla a casa. Una vez allí, la agredió con la misma catana y terminó con su vida asfixiándola. Cuando la fiscal describió la muerte de su madre, Cristina A. S., asintió con la cabeza y una lágrima pareció asomar a sus pupilas. Ante este reconocimiento de los hechos, la fiscal rebajó la pena solicitada a 22 años y seis meses por ambas muertes.
Después se fue de fiesta
Luego tiró la catana al barranco de Catarroja y se fue de copas buscando una coartada. Volvió de madrugada y denunció ante la policía que alguien había matado a sus padres por encargo. Luego, dijo que fue él quien había pagado a dos sicarios colombianos. Pero el ADN de sus padres estaba en sus ropas.
Ayer, volvió a interpretar su papel. Los informes forenses y policiales le describen como alguien frío y sin escrúpulos que, en estos dos años, no ha sentido la muerte de sus padres. Alardeaba de haberse adaptado a la prisión y nunca quiso reconocer su autoría. Se había montado una vida que sus padres no le permitían y necesitaba su dinero, el que les había tocado años atrás a la lotería.