TERESA DOMÍNGUEZ VALENCIA
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"Hola, quiero confesar que he robado 400 bicicletas. Estoy muy arrepentido y no quiero seguir haciendo esto. Por eso he venido". Con esta curiosa tarjeta de presentación inició el pasado miércoles un ladrón de bicicletas su confesión ante agentes de la comisaría del Marítim, inculpación que luego, una vez detenido, desgranó con todo lujo de detalles en presencia de su abogado.
El arrepentido ladrón, de 28 años e italiano -como el inmortalizado por Vittorio de Sica en la magistral cinta neorrealista "Ladri di biciclette"-, admitió haber convertido el robo de bicicletas en su único modo de vida, aunque no aclaró si su primera acción, como le ocurriese al Antonio Ricci cinematográfico, tuvo como acicate la necesidad de un medio de locomoción para trabajar. Sí reconoció, sin embargo, que este modo de subsistencia, el de enajenar las bicis, devino en altamente rentable, dado que vendió los 400 vehículos hurtados en los últimos dos años a razón de "50 ó 60 euros" cada uno.
Pese a los más de 20.000 euros limpios ganados en este tiempo, aseguró en su declaración que la culpa ya no le deja vivir, que desea una nueva existencia y que quiere regresar a su país con la conciencia limpia. Una alegoría de las lágrimas finales de Bruno, el hijo del protagonista de la película de Sica.
El ladrón confeso, que hizo gala de una increíble memoria, desgranó los pormenores de muchos de los robos, aportando datos precisos del lugar donde cometió cada uno de ellos, así como el color y características del velocípedo y hasta la fecha en que se lo llevó.
Solía dar los golpes los viernes y los sábados, para disponer de material nuevo los domingos. Ese día, iba con su botín al rastro y le daba salida a una buena parte de las bicis. Los compradores seguramente debían sospechar del origen ilícito de lo que estaban adquiriendo tanto a tenor de la relación precio/calidad del producto, como de las horas en que iban en busca del chollo: las cinco de la madrugada.
Pero no todo lo vendía en los puestos callejeros contiguos al Mestalla. Muchas de las bicicletas robadas recibían salida a través de un intermediario del que dijo desconocer hasta el nombre. Según él, el perista le llamaba, le pedía, lo citaba y le pagaba. Él se limitaba a acudir, entregar, cobrar y regresar a casa. Encuentros rápidos y limpios.
Entornos universitarios
Según el inculpado, que deberá acudir en breve al juzgado de Valencia que tramita su causa para ratificar su confesión, todas las sustracciones las cometía en áreas utilizadas mayoritariamente por universitarios. Así, se había especializado en llevarse bicis en calles próximas a la avenida dels Tarongers, en la de Blasco Ibañez o en la calle Honduras, entre otras. Cuando salía de "caza", iba provisto de unas cizallas para cortar las cadenas y, según su propio testimonio, abandonaba el lugar con absoluta tranquilidad, al manillar de su nueva "adquisición". Una vez depositada en casa, regresaba y se llevaba más. Hasta cinco, algunos días.
Durante toda su comparecencia, tras la que quedó libre, aunque imputado, demostró un profundo conocimiento del material con el que se ganaba la vida. Sabía cada modelo de cada marca, su utilidad preferente, su precio y hasta las versiones disponibles en el mercado. Todo un profesional.