T. D./R. L. VALENCIA
La madre de Celeste B. M., la adolescente de 16 años brutalmente asesinada por un amigo tras agredirla sexualmente en el rellano de su finca, en Benicalap, hace sólo cuatro meses, revivió ayer la tragedia que supuso perder a su hija de forma violenta al visitar el "altar" de velas y flores que los amigos y familiares de Fernando Huanca improvisaron en su recuerdo en el lugar donde cayó muerto. Celeste, la madre de la chica, ya había pasado por ese trago cuando los amigos latinos de su hija le dedicaron su propio "altar" a la puerta de casa.
Pese a que esa visita suponía remover el dolor, Celeste no quiso dejar de mostrar su apoyo los padres de Fernando. Los tres estuvieron especialmente unidos por la relación sentimental de sus hijos, que se prolongó por espacio de dos años y acabó en una profunda amistad.
De hecho, Celeste y Fernando, que lo habían dejado sólo unos meses antes del asesinato de la chica a manos de un joven español de origen colombiano, seguían siendo inseparables.
La relación seguía siendo muy estrecha. Fernando acudió al funeral de Celeste con un ramo de rosas rojas y tres de sus mejores amigos. Su rostro reflejaba el dolor de a pérdida y, al terminar, acompañó a la familia de su ex novia al sepelio, celebrado en Benaguasil, el pueblo materno de la joven.
"Lo pasó muy mal cuando Celeste murió. Y lo seguía pasando mal. Aún sufría por lo que le pasó a ella, y mira ahora...", lamenta su hermano mayor, Diego. Y añade: "Tenía toda la vida por delante y ahora ya todo acabó".
Los dos casos comparten algunos paralelismos más allá de la macabra carambola del noviazgo y la muerte violenta. Sobre ambos crímenes, ocurridos en un intervalo de cuatro meses y tres días, planea la sombra de las bandas latinas, aunque en el caso de Celeste, la policía no encontró indicios de que el presunto autor del crimen tuviese relación con grupos de ese tipo.
Decenas de personas
El "altar" donde las dos madres revivieron ayer tarde entre lágrimas sendas tragedias fue un hervidero de gente desde primera hora de la mañana. En algún momento, llegó a concentrar cerca de un centenar de personas. El punto de encuentro de buena parte de la comunidad ecuatoriana de Valencia. Pero sólo se vieron sentimientos de dolor, de resignación, apenas algunos deseos de venganza, pero en los corrillos de los más jóvenes.
Y durante todo el día, la madre, Susana, aferrada al lugar donde murió su hijo. No quiere irse. "En casa no puede estar, no para de gritar. No come, no quiere nada. Llora y llora y llora. Sólo aquí descansa", confiesa el padre, Narciso, traspasado de dolor. "¡Qué mal, qué mal!"