T. DOMÍNGUEZ VALENCIA
"La noticia de la muerte de Pedro, pero sobre todo de cómo murió, ha sido un mazazo en el barrio. Aquí todo el mundo lo conocía y todo el mundo lo quería. Pedro no merecía morir así". Son frases que se repiten se hable con quien se hable. Desde los dueños de los dos bares que más frecuentaba, hasta los propietarios de los negocios más próximos al banco que utilizaba a modo de hogar, pasando por el párroco o la monja que desde hace años era el único enlace con su familia en Pamplona.
"Uno le regalaba un móvil, otro le daba de comer, mantas, ropa, de todo". Y él aprovechaba cuanto recibía. Vivía en un escrupuloso orden pese a hacerlo en la calle.
Cada mañana, cuando se levantaba, recogía sus cosas, doblaba cuidadosamente la manta y se las agenciaba para afeitarse, lavarse la cara y peinarse. "No era un pordiosero, ni tenía el aspecto de quien vive en la calle. Era muy aseado", cuenta la dueña de un establecimiento cercano al banco.
Incluso guardaba un cepillo para barrer la zona más próxima a su "hogar". Cuando terminaba las labores de limpieza, dejaba todo recogido en un hueco de una planta del jardín aledaño a su banco. Algunos vecinos le bajaban un café con leche y luego Pedro se iba a pasear por el barrio y a echar una mano en la parroquia o en alguno de los bares que frecuentaba.
La conmoción por su asesinato es evidente en el barrio. Y el anhelo por que la Guardia Civil atrape cuanto antes a los responsables de su muerte, mayor aún. Los allegados dejaron de verlo entre el día de Reyes y la tercera semana de enero, pero tardaron en echarlo de menos porque, justo antes de Navidad, les contó que había encontrado trabajo vigilando la obra de reforma de un restaurante. "Ya vendrá, decíamos, y mira, pobrecito, lo habían matado".