¿Quién mató a Pedro Díaz?

Los vecinos del barrio del Cabanyal recuerdan al indigente que fue asesinado a golpes y abandonado en un campo de Alboraia Su madre, que vive en Pamplona, seguía en contacto con él a través de las monjas del colegio Pureza de María

 
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Pedro, el año que llevó la Santa Faz durante la Semana Santa. f paco ferrer
Pedro, el año que llevó la Santa Faz durante la Semana Santa. f paco ferrer  
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TERESA DOMÍNGUEZ VALENCIA ?
La hermana Consuelo se ajusta las gafas, se alisa la falda en un gesto automático y esboza una sonrisa antes de empezar a hablar. "¿Que desde cuándo conozco a Pedro? Uy, yo diría que de toda la vida, calculo que unos veinte años", rememora orgullosa la monja. Juan Pedro Díaz Díaz, que ya no podrá cumplir los 55 el próximo mes de octubre porque alguien lo mató a golpes y arrojó su cuerpo a un campo abandonado de Alboraia, aterrizó en Valencia por razones que ni él sabía explicar, más allá de los tópicos del "buen tiempo y la gente", al inicio de la década de los 90.
El mayor de tres hermanos, había nacido, como ellos, en Zarautz (Guipúzcoa). La familia se trasladó a Pamplona. Cuando estaba estudiando el Bachillerato en Los Escolapios, recién cumplidos los 17, su madre, Juana, quedó viuda y Juan Pedro y sus dos hermanos menores, huérfanos. Las cosas no fueron fáciles. Un año después, a los 18, Pedro, a quien su madre llamaba Pierre, como al marido medio francés que había perdido cuando aún era una mujer joven a punto de cumplir los 44, se fue de casa.
Recaló primero en Mallorca, donde llegó a tener mujer. Pero las cosas se torcieron de nuevo y Pedro volvió a cambiar de rumbo. Ya en Valencia, se instaló desde el principio en el barrio de Cabanyal. "Siempre lo he conocido viviendo en la calle. Llegó y le empezamos a ayudar, y desde entonces ha seguido ocurriendo así", recalca la religiosa que ha servido de enlace entre él y su madre en todo este tiempo. Cada año, Juana le enviaba un paquete por Navidad y tres o cuatro más a lo largo del año. "Siempre eran cosas de aseo. Comida y ropa no, porque le sobraba.
El barrio entero le reservaba alimentos, enseres, ropa, de todo. De hecho, durante dos meses, al principio del verano pasado, alguien le cedió un bajo. Se lo arregló él enterito. Unos le dieron cemento, otros pintura, una cama, un colchón, ropa, una mesa, sillas. Y justo cuando ya lo tenía todo, de buenas a primeras, apareció un dueño. Años y años abandonado, y entonces aparecióÉ Lo echó, cambió el candado y entonces volvió al banco".
Como Pedro siempre había vivido en la calle, las hermanas del colegio Pureza de María del Cabanyal se convirtieron en su particular estafeta de correos y en el medio de comunicación entre Pedro y su madre. "¡Las horas que yo habré hablado con esa mujerÉ! Ya se había generado tanta amistad, que incluso me enviaba flores y cartas a mí, además de las que le escribía a su hijo". La última carta para él, la de Navidad, la llevaba Pedro en el bolsillo de su pantalón cuando lo encontraron muerto. A partir de los escasos datos personales que contenía, el grupo de Homicidios de la Guardia Civil supo la identidad de la víctima. "Después de recogerla y leerla, me dijo: "No quisiera morirme sin darle un beso a mamá". ¡Pobre! Era muy buena persona, ordenado, educado, con porte, orgulloso, limpioÉ No merecía morir así".
La hermana Consuelo fue de las últimas personas en verle con vida. "Me lo encontré por la calle. Iba con su carrito, donde guardaba todas sus cosas. Debía ser entre el veinte y el veintytantos de enero, porque las clases ya habían empezado bastantes días atrás. Me dijo que iba a comprar a Mercadona. Estaba contento porque, según me contó, un hombre gitano le había ofrecido trabajo como vigilante en una obra y le dejaba dormir en el bajo que debían reformar. No volví verle más".

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