26 de junio de 2016
26.06.2016
Cicatrices de un crimen

"Los nueve días que aguantó vivo es un esfuerzo que hizo por nosotros"

La familia de Adrián Pérez critica la falta de arrepentimiento de su asesino, quien además se ha declarado insolvente

26.06.2016 | 02:55
"Los nueve días que aguantó vivo es un esfuerzo que hizo por nosotros"

Los hermanos del joven asesinado en Albal en marzo de 2015 lamentan que durante el juicio la defensa del acusado, condenado a 17 años de prisión, quisiera equiparar a víctima y verdugo. «No son dos personas de la misma catadura moral, mientras uno remató a una persona inerte en el suelo, el otro dio sus órganos para salvar vidas».

El 9 de marzo de 2015 Adrián Pérez ingresó en el Hospital La Fe de Valencia tras recibir una brutal paliza en las proximidades de un salón de fiestas de Albal. «Estando inconsciente y sin posibilidad alguna de defensa, Carlos De Benito Llavata siguió golpeándole en el rostro con los puños y estampando varias veces su cabeza contra el suelo de un modo extraordinariamente violento», según detalla la sentencia. Cuando llegó al centro hospitalario su estado era ya irreversible. «Si sobrevive será un vegetal toda la vida», le confesó el cirujano a sus padres. «Por suerte y sin saber cómo sobrevivió nueve días y nos dio la oportunidad de digerir lo ocurrido. Esos nueve días que aguantó vivo es un esfuerzo que hizo por nosotros para que nos despidiéramos de él», confiesa su hermano David.

Con la sentencia en la mano que condena a 17 años de prisión a su asesino, la familia de Adrián habla por primera vez de la tragedia que golpeó de forma inesperada sus vidas ese fatídico día. Durante todo este tiempo prefirieron guardar silencio, incluso cuando tuvieron que aguantar que se creara un grupo de whatsapp en apoyo al ahora condenado por un delito de asesinato con alevosía: «Todos con Benito». «En él incluso buscaban estrategias para su encubrimiento o trataban de localizar gente que lo hubiera visto tomar pastillas esa noche», criticó el hermano del fallecido.

Uno de los aspectos que más ha molestado a la familia de Adrián es que durante el juicio la defensa del acusado tratara de equiparar a víctima y verdugo, sosteniendo que se trató de una pelea en la que cualquiera de los dos podía haber muerto, «como si fueran dos cuatreros del Oeste que se citaron ese día para saldar cuentas». «No son dos personas de la misma catadura moral, mientras uno remató a una persona inerte en el suelo, el otro dio sus órganos para salvar vidas», remarcaba David. «El único momento del juicio en el que estuve a punto de levantarme y gritar fue cuando la defensa dijo que perfectamente podía haber sido al revés».

«Mi hermano nunca hizo daño a nadie. En treinta años jamás vino a casa con un golpe por una pelea y mucho menos hubiera rematado a una persona inerte en el suelo», afirma David. «Quiero que quede claro que no fue una pelea, sino que ese día una buena persona se encontró con una mala persona», añadió.

De hecho, en el juicio la propia defensa del procesado sacó a relucir la trayectoria violenta y conflictiva de su cliente para tratar de acreditar un supuesto trastorno por déficit de atención e hiperactividad con la esperanza de lograr la eximente completa. No obstante, el jurado popular desestimó por unanimidad esta argumentación esgrimida por los psiquiatras contratados por la defensa y otorgó mayor credibilidad a los informes de los médicos forenses del Instituto de Medicina legal de Valencia, quienes establecieron que el acusado no presentaba ninguna alteración psíquica que le afectara a su voluntad, y únicamente se apreció la circunstancia atenuante de intoxicación etílica.

Distintas trayectorias vitales
A sus 28 años, «el asesino tiene antecedentes por maldades de todo tipo y tenía prohibida la entrada a varias discotecas», explicaba Sara, hermana del fallecido. Además, Carlos De Benito practicaba boxeo y jiu-jitsu, conocimientos que empleó para dejar inconsciente a su víctima y después colocarse a horcajadas sobre él para seguir golpeándole como «si fuera un trapo», según explica la propia sentencia.

En cambio Adrián, de 30 años, era un joven «de espíritu voluntarioso, protector de las mujeres y a quien le gustaba la naturaleza y los animales», recuerdan sus allegados. Entre sus aficiones estaba el kitesurf y tocar el piano. Dos vidas cruzadas de dos jóvenes de buena familia, ambos vecinos de Valencia, pero cuya trayectoria vital refleja personalidades completamente distintas.

«Consideramos responsables a nivel moral a sus padres por no haberle educado en valores humanos, por no haberle puesto límites y, al igual que han intentado ahora, querer sacarlo de todos sus problemas con dinero», asegura el hermano de la víctima. «Contratan al abogado más caro de Valencia, tienen dinero para informes y forenses de parte y ahora se declara insolvente», critica David sobre «la hipocresía de no asumir tu culpa teniendo recursos económicos, lo cual denota que no tiene ningún sentimiento de arrepentimiento».

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