I.R. VALENCIA
Fue el pilar sobre el que se sustentó la expansión en masa de la televisión como uno de los electrodomésticos de consumo fundamentales en los domicilios de clase media desde la década de 1950. Primero en blanco y negro y después a color, el tubo catódico era el secreto escondido de unos aparatos que centraban la atención en primer lugar de los comedores de unos pocos privilegiados y más tarde de todo el mundo.
Tal fue el impacto cultural de la televisión y de la tecnología que permitía la visualización en una pantalla de las imágenes -el tubo catódico desarrollado a finales del siglo XIX por Carl Ferdinand Braun- que el adjetivo que se refería a esta tecnología sirvió para referirse a prácticamente todo lo que tuviera que ver con el mundo televisivo.
Sin embargo, a finales de los noventa el desarrollo de nuevas tecnologías rompió el reinado del tubo catódico y con él el de las enormes y pesadas televisiones. Comenzaba la era de las llamadas televisiones planas pero, a diferencia de la tiranía catódica, el sector no unificó criterios sino que diversificó alternativas tecnológicas hasta el punto en que hoy en día existen al menos 6 grandes tecnologías.
Pantallas de cristal líquido o LCD, de plasma, de proyección, matrices basadas en la utilización de diodos LED, las que utilizan la tecnología de los diodos orgánicos emisores de luz -los Oled- o las pantallas Sed, presentadas en 2006 pero que, de momento, no acaban de cuajar en el sector.
En algunos casos, los fabricantes han apostado por utilizar principios con décadas de historia. De hecho, la primera pantalla LCD se fabricó en Estados Unidos en 1972 pero no fue hasta finales de los noventa cuando se mejoraron las cadenas de producción y se pudieron abaratar los costes e introducirlas en el mercado doméstico. Ésa es la clave del éxito de cualquier aplicación: poder fabricar en cadena a precios ajustados para el consumidor.
Junto con el plasma, que utiliza pequeñas celdas llenas de gas, el LCD son las dos grandes tecnologías que al menos durante los últimos años han rivalizado por imponerse una sobre otra. Más allá de las ventajas y desventajas que conlleva cada una -el plasma ofrece mejor brillo que el LCD, negros más profundos, mejor ángulo de visión pero menor vida útil-, el precio de los paneles de cristal líquido, tan ajustados que ya han bajado hasta los 500 euros por una televisión de calidad de 32 pulgadas- han hecho que la balanza se esté inclinando del lado del LCD, al menos en los tamaños más habituales de pantallas, 32 y 42 pulgadas.
En el resto de nichos, sobre todo con pantallas de gran tamaño, a partir de las 50 pulgadas, el plasma sigue siendo una opción muy adecuada, al igual que las pantallas de proyección, pese a que su precio sigue siendo casi prohibitivo, con precios que oscilan entre los 1.900 euros en el caso de 65 pulgadas y hasta 3.500 en las televisiones de 82 pulgadas.
No obstante, y cuando parecía que al fin el sector había encontrado el sucesor definitivo al tubo de cátodos, la propia industria desarrolló los paneles basados en los diodos, tanto LED como Oled.
Aunque pueda parecer absurdo, la coreana Samsung, la mayor fabricante del mundo de matrices LCD -que vende al resto de firmas- acaba de lanzar al mercado su nueva y elitista serie de televisiones LED. Tienen 30 milimétros de grosor y según la firma consumen hasta un 70% de energía que el resto de televisiones planas.
Por su parte, otras de las grandes en el sector, como Sony, Mitsubishi o LG han apostado por sus prototipos basados en Oled. Se trata de diodos similares a los led pero basados en una capa formada por una película de componentes orgánicos que reaccionan a una determinada estimulación eléctrica, generando y emitiendo luz por sí mismos.
En cualquier caso, los datos revelan que el sector sigue avanzado y que a diferencia de lo que sucedía hace años -cuando un aparato de televisión era un bien con una vida útil de hasta 10 años-, hoy en día la renovación de este bien -convertido ahora en uno de consumo- se produce cada vez más rápidamente.