17 de agosto de 2015
17.08.2015
La figura del Mónaco, al detalle

El Shaarawy, el faraón tranquilo

La historia de El Shaarawy es la de la explosión precoz de uno de los últimos grandes talentos del fútbol italiano. Levante-EMV ha hablado con el técnico que descubrió y entrenó a la estrella del Mónaco hasta los 14 años

17.08.2015 | 04:15
El Shaarawy remata de forma acrobática en un partido del Mónaco ante el Niza.

Bajo su voluminosa cresta, el Valencia se medirá a un extremo que ejecuta como pocos técnica y una velocidad tanto física como de pensamiento, y al que le pesa la etiqueta equivocada de goleador.

Sentado en las gradas del Louis II, a Michele Sbravati se le iluminaron los ojos cuando vio de nuevo repetida aquella jugada, en el gol con el que Stephan El Shaarawy cerraba la goleada del Mónaco ante el Young Boys. «Ese gol lo he visto repetido tantas veces, desde que era un niño. Es un movimiento que tiene completamente mecanizado. Arranca y, cuando parece que va a perder la pelota, hace un cambio de ritmo con el que sorprende al contrario y después define. Ha marcado goles así incluso con el Milan en Champions».

Sbravati es el responsable de las divisiones juveniles del Genoa y atiende personalmente a Levante-EMV para ayudar a dibujar un perfil de la gran amenaza del Valencia en la fase previa de la Liga de Campeones: Stephan El Shaarawy, el talento con una gran cresta como peinado y al que llaman El Faraón, por sus raíces egipcias. Sbravati lo conoce como nadie porque fue él quien lo descubrió cuando era apenas un prebenjamín: «Lo conocí cuando entró a jugar en la categoría más baja de un pequeño club, el Legino, uno de los equipos satélites del Savona, la ciudad donde Stephan nació». Por entonces Sbravati era el responsable del Savona y pocos años después El Shaarawy fue el primer jugador que fichó cuando recaló como técnico en las categorías inferiores del Genoa: «Stephan tenía 11 años y ocho meses cuando llegó al Genoa y yo fui su entrenador durante tres años, en los equipos sub-12, sub-13 y sub-14».

Como mentor suyo, no se separaría de él y se encargó de cuidar toda su evolución. Un tiempo del que conserva cómplices anécdotas: «Los dos vivíamos en Savona, por lo que cada día había que desplazarse hasta Génova para entrenar. Junto a su padre, íbamos siempre de arriba a abajo, cien kilómetros al día entre la ida y la vuelta».

Se convirtió en la estrella de la cantera y sólo cinco años después el técnico de los «grifoni», GianPiero Gasperini, le haría debutar en Primera división con 16 primaveras, en el año 2008. Hijo de Sabri, un psicólogo egipcio emigrado a Italia, y de Lucia, enfermera en un ambulatorio, El Shaarawy veía como sus sueños se cumplían a una gran velocidad. El Milan no tardó en captarle y Massimiliano Allegri calculó bien los tiempos para darle minutos gradualmente en San Siro. Pero ni la fama, ni los motes con los que le distinguía la prensa, ni el hecho de heredar la habitación de Gattuso ni el aparatoso peinado que le moldeó el peluquero favorito de media plantilla milanista cambiaron su forma se ser, para nada estridente y sí muy discreta: «No hay que dejarse llevar por las apariencias. Es muy tranquilo, incluso tímido. Tiene un carácter reservado y no ha cambiado con los años», recalca Sbravati. De hecho El Shaarawy «mantiene los mismos amigos que tenía de pequeño y la amistad con el presidente y la gente de su primer equipo, el Legino. Ha cambiado lo justo, obviamente, porque ha crecido. Estamos hablando de un chico que no ha cumplido aún los 23 años, es un chaval todavía aunque debutase a los 16 y parezca que esté toda la vida».

¿Qué es lo que vio en el fútbol de El Shaarawy, cuando apenas tenía 7 años?: «Lo que me impactó de su juego a tan pronta edad, entre sus otras muchas virtudes, fue su capacidad de hacer jugadas con excelente técnica y a alta velocidad. Es su gran cualidad, todavía hoy, la manifiesta de forma instintiva. Tiene una coordinación natural en sus gestos técnicos. Ese talento lo evolucionó en el recorrido de su crecimiento con entrenadores que fueron mejorando su juego, pero siempre conservando sus cualidades, toda su habilidad técnica». Ese arte lo distinguía de los niños de su edad: «Muchos compañeros eran muy buenos técnicamente pero permanecían en una baldosa, quietos. Él es lo contrario. Es velocidad y ejecución de movimientos».

En el Mónaco, El Shaarawy „exponente junto a Balotelli de la rejuvenecida Italia multicultural y atacante que impulsó Cesare Prandelli en la selección„ trata de buscar el entorno que lo consagre como estrella. Sbravati cree que el cambio de aires lo beneficiará: «Los equipos franceses han subido de nivel en los últimos años y el Mónaco puede ser un buen lugar para su crecimiento. Espero que esté bien. Si él está bien, desde un punto de vista físico, rendirá bien. Así lo ha demostrado en todos los equipos en los que ha militado», si bien lamenta que el fútbol italiano deje escapar «a los pocos verdaderos talentos que le quedan».

Otra de las etiquetas atribuidas a las que se enfrenta El Shaarawy es la que lo considera como un delantero goleador. No es ese su estilo, precisa Sbravati. Todo parte de un equívoco, en la fantástica primera vuelta de campeonato que hace tres años realizó con el Milan, cuando llegó a elevarse como «capocanoniere» de la Serie A. La razón es que El Shaarawy es extremo o mediapunta de banda, pero no un ariete: «En la segunda vuelta se frenó. Pero sólo a niveles de gol, no de rendimiento. Es importante que no sea analizado sólo por sus goles. Es un jugador ofensivo pero no es un atacante puro. Es un centrocampista con vocación ofensiva. Puede ser extremo, como ahora, o jugar de ´mezz'ala´. Puede ser que con su gran arranque con el Milan pareciese un jugador de quien se deba esperar treinta goles por año. Es muy bueno y está cerca del gol, pero también sabe abrirse, desbordar, dar asistencias, participar en la fase defensiva...».

Sbravati prevé una eliminatoria muy igualada ya que «los dos equipos son jóvenes y juegan con mucha fuerza y entusiasmo». De hecho, tiene decidido coger el coche y presentarse en Mónaco. Poco más de 130 kilómetros son los que separan Savona, donde todavía reside, del Principado. Como en aquellos trayectos diarios a Génova de hace una década, sabe que por ver jugar a El Shaarawy toda carretera es poca.

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