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HEMEROTECA » |
M. Vázquez, Valencia
Las mañanas en el Botànic son ajetreadas y, sin embargo, discurren con mayor tranquilidad que las tardes, cuando los visitantes acuden en oleadas para disfrutar de ratos apacibles, soleados y, desde hace unos días, perfumados. El jardín está repleto de flores primaverales que hacen las delicias de todos los que lo frecuentan. De hecho hay, incluso, quien no duda en acercarse a la ciudad tan sólo para pasar un día entre la frescura de sus frondosos muros verdes.
Es el caso de Joaquín Nicolás, un empresario murciano que esta semana decidió "escapar por un día de las fiestas" de su urbe y comprobar "cómo siguen los árboles y las plantas que vi hace más de veinte años en este jardín". Desde entonces no había regresado. Da igual, el Botànic "continúa precioso", asegura mientras fotografía las plantas acuáticas que crecen junto al caño de un manantial en la zona de la muntanyeta.
No es el único que, cámara en mano, recorre los senderos flanqueados por multitud de especies arbóreas con otras tantas tonalidades de verde. Gonzalo, un vecino de Alfafar, también ha decidido pasar la mañana en el Botànic y tomar algunas imágenes de las primeras flores de la primavera. Mientras, su esposa lee en un banco situado al borde de la fontana de las palmeras. "Siempre venimos aquí -cuenta- porque nos gusta escuchar el sonido del agua; es lo más relajante que hay". No sólo ellos piensan así. Muchos copian la escena en otros rincones del jardín: el umbráculo es uno de los más demandados, tal vez por la intimidad que ofrece su cubierta, libre de cerramientos.
Clases infantiles de Botánica
Muy cerca de allí, en la plaza de Carles Pau, resuenan las voces de los niños que asisten a los talleres que el Botànic organiza a modo de escuela de verano aprovechando las vacaciones de Pascua. "Los agrupamos por edades -explica Ana, una de las monitoras-, les enseñamos algo de teoría y organizamos juegos en los que se divierten y, además, aprenden. Están encantados". Es cierto: todos tienen la mirada fija en los educadores, pendientes de la siguiente prueba, que consiste en adivinar a qué planta se refieren las pistas que lee en voz alta. Uno de ellos grita de repente el nombre y todo el grupo sale corriendo a localizarla entre las verdes islas de los arriates.
Sergio y su hermano los observan con interés. Están al cuidado de su abuela, Josefina, que también traía aquí a sus hijos cuando eran de la edad de sus dos nietos. "El jardín debería ser el doble de grande -reclama-. Es un sitio estupendo para estar con los niños y, si no, para venir a leer o a pasear, sobre todo en esta época del año, que está precioso". El pequeño reclama su atención: "Hay que ir a ver los cactus", traduce, "es que hoy aún no los hemos visitado y le encantan, como los gatos".
Al final de una vereda que desemboca en la linde misma de la zona dedicada a las plantas suculentas un corro de mujeres juega suavemente a la pelota para reforzar los músculos de brazos y hombros. Un poco más allá, casi en la puerta de los invernaderos, un grupo de discapacitados sentados en semicírculo machacan algo en un mortero. "¿Notáis el olor?", pregunta la monitora. "¡Sí!", responden a coro tras meter la nariz en el majador y descubrir satisfechos que, efectivamente, como por arte de magia allí ha aparecido un intenso aroma.
El paseo principal discurre ya hacia la salida, dejando atrás las pequeñas flores de los macizos de plantas medicinales y el roquedal donde anidan las especies endémicas, rodeadas del halo nebuloso que crea la brisa cuando sopla y que no es otra cosa que cientos -miles. tal vez- de minúsculas semillas flotantes navegando de un sitio a otro, buscando al azar un lugar donde enraizar. Nada más traspasar el umbral de la puerta, el impacto es brutal: de repente la ciudad ha regresado y ha recobrado su vida. Y casi duelen los sentidos.
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