Entre las personas que acuden a comer al improvisado dispensario de Stela y Manuel están una madre y su hija Camelia, rumanas. Llevan cuatro años en España y los últimos meses los han pasado en Valencia porque a la madre le detectaron un cáncer de mama y le fue extirpado un pecho, una dura operación a la que luego siguió un tratamiento de quimioterapia que terminó en junio. Lo sorprendente es que ahora están en la calle, sin nada. "Se han gastado mucho dinero para salvarme la vida y ahora me dejan morir por un bocadillo", dice la madre en un mar de lágrimas. Según explica la hija, cuando terminó el tratamiento se dirigieron a la Casa de la Caridad para encontrar cobijo y allí le dijeron que "los papeles que llevan no son bastante, que lo del médico no es verdad", y no las han aceptado. Ahora la hija trata de buscar trabajo desesperadamente para sobrevivir en España y entre tanto duermen con Stela y Manuel.
Hassan, por su parte, es senegalés y lleva casi nueve años en España. Como la mayoría de los de su época, tiene regulada la situación en nuestro país, aunque ahora tiene que renovar su permiso y tiene problemas con el pasaporte. De todas formas, lo más dramático para él es no tener trabajo. "No me quiere nadie. No hay empleo, estoy sucio y tengo que dormir en la calle. Donde me caiga la noche, ahí", dice. Y para comer, lo mismo. "Buscamos lo que sea, pan, un bocadillo, y si no hay nada, agua. Se acabó", explica en un buen castellano. A él, las instituciones públicas tampoco le han dado la respuesta esperada.
José Parrilla
Conforme pasan los meses y la crisis amplía la masa social del denominado cuarto mundo, las iniciativas ciudadanas emergen para paliar la miseria. La última son los comedores callejeros, personas particulares que deciden poner su dinero, su trabajo y su tiempo a disposición de nacionales o foráneos que no tienen nada que llevarse a la boca, que los hay.
En Valencia, que se sepa, ya existen al menos dos, el último de ellos el que han montado Stela Estrino y Manuel Moragón, argentina y valenciano, en el jardín de la calle Beltrán Báguena, entre Nuevo Centro y la Estación de Autobuses.
"Conocimos a una gente, aquí al lado, que venía y repartía macarrones. Y vimos que había un foco de necesidad. Pero siempre pasta a la gente se le hacía pesado, así que hablamos con los chicos y nos dijeron que les gustaría comer arroz algún día. Y les dijimos: bueno, pues comeremos arroz un día, otro día lentejas, otro día garbanzos y así empezamos, primero los sábados y luego los miércoles y los sábados", explica Manuel.
Para hacer esa labor cuentan con la ayuda de amigos y el dinero de su bolsillo, aunque también encuentran a gente que les aporta algo, poco. Y es que diariamente se gastan una media de 40 euros en comida. De todas formas, para poder funcionar más organizadamente, Manuel y Stela han creado una ONG llamada Organización pro Humanidad Solidaria España, una delegación de la entidad del mismo nombre nacida en Argentina. Y cuando llegue la hora tratarán de organizarse y pedir subvenciones públicas.
Inmigrantes sin techo
En cuanto a la "clientela", la mayoría son subsaharianos sin papeles que duermen en la calle y que durante el día sacan unas monedas trabajando de "gorrillas" en el entorno del hospital La Fe. Hay también gente con papeles, pero que no tienen trabajo ni ayudas. Y hay casos tan extremos como inconcebibles, como un chico de Costa de Marfil al que le han concedido el asilo político pero no puede trabajar porque le falta un brazo.
El abanico es tan amplio que cada vez tienen a más gente, incluso algunos que llegan del otro dispensario cercano. Por eso, su idea es "hacer más comedores en la ciudad y avanzar más en la labor social", una idea que su mujer ya puso en marcha en la última crisis argentina.
Respecto a los comedores, Stela asegura que ya conocen los focos de pobreza ."Los tenemos debajo del río, por ejemplo, donde hay flores por arriba y miseria por abajo", explica.
Y en cuanto a la babor integradora, cuenta que a muchos de estos jóvenes ya los llevan a casa una vez a la semana para que se duchen, para lavarles la ropa, e incluso les gestionan su regulación por arraigo y tratan de sacarlos de las calles.
"No queremos ir contra las cosas, sino que las autoridades tomen conciencia de que esto existe. Aquí cualquier trabajadora social te dice que en Valencia nadie se muere de hambre ni necesita dormir en la calle. Y eso es mentira. Nosotros lo estamos viendo cada día", declara.
Finalmente, Alfa es de Guinea Conakry y lleva en España desde agosto de 2005. No ha conseguido papeles porque fue acusado de ser uno de los tripulantes del barco que cruzó a un grupo de inmigrantes desde Tánger a Algeciras. Le cayeron tres años y nueve meses de cárcel. Salió en abril del año pasado. Ahora no tienen nada. "Dormía en el río hasta que estos señores me llevaron a mi y a algunos más a su casa", dice en referencia a Stela y Manuel. Se gana la vida aparcando coches y estos comedores, afirma, "siempre vienen bien". "Esto nos salva la situación", admite.
«Me curan un cáncer y ahora me dejan morir por un bocadillo»
Entre las personas que acuden a comer al improvisado dispensario de Stela y Manuel están una madre y su hija Camelia, rumanas. Llevan cuatro años en España y los últimos meses los han pasado en Valencia porque a la madre le detectaron un cáncer de mama y le fue extirpado un pecho, una dura operación a la que luego siguió un tratamiento de quimioterapia que terminó en junio. Lo sorprendente es que ahora están en la calle, sin nada. «Se han gastado mucho dinero para salvarme la vida y ahora me dejan morir por un bocadillo», dice la madre en un mar de lágrimas. Según explica la hija, cuando terminó el tratamiento se dirigieron a la Casa de la Caridad para encontrar cobijo y allí le dijeron que «los papeles que llevan no son bastante, que lo del médico no es verdad», y no las han aceptado. Ahora la hija trata de buscar trabajo desesperadamente para sobrevivir en España y entre tanto duermen con Stela y Manuel.
«No encuentro trabajo, estoy sucio y tengo que dormir en la calle»
Hassan, por su parte, es senegalés y lleva casi nueve años en España. Como la mayoría de los de su época, tiene regulada la situación en nuestro país, aunque ahora tiene que renovar su permiso y tiene problemas con el pasaporte. De todas formas, lo más dramático para él es no tener trabajo. «No me quiere nadie. No hay empleo, estoy sucio y tengo que dormir en la calle. Donde me caiga la noche, ahí», dice. Y para comer, lo mismo. «Buscamos lo que sea, pan, un bocadillo, y si no hay nada, agua. Se acabó», explica en un buen castellano. A él, las instituciones públicas tampoco le han dado la respuesta esperada.
«Me acusaron de ser tripulante del barco y estuve en prisión»
Finalmente, Alfa es de Guinea Conakry y lleva en España desde agosto de 2005. No ha conseguido papeles porque fue acusado de ser uno de los tripulantes del barco que cruzó a un grupo de inmigrantes desde Tánger a Algeciras. Le cayeron tres años y nueve meses de cárcel. Salió en abril del año pasado. Ahora no tienen nada. «Dormía en el río hasta que estos señores me llevaron a mi y a algunos más a su casa», dice en referencia a Stela y Manuel. Se gana la vida aparcando coches y estos comedores, afirma, «siempre vienen bien». «Esto nos salva la situación», admite.