SERGIO GÓMEZ
Una de la tarde. Lorena y Sara caminan exhaustas y desconcertadas por el desierto urbano de las calles de Valencia, bañadas por un sol asfixiante. Comenzarán la universidad en apenas dos semanas y todavía no tienen piso. Ésa es, precisamente, su tarea, que se antoja casi como una misión imposible: alquilar una vivienda para pasar el curso. Llegan desde Alcoi y se acaban de presentar en una ciudad que no conocen. Y lo han hecho, según admiten, "a la aventura".
Con los ojos puestos en los anuncios que inundan la ciudad de arriba abajo, como una plaga, saturando farolas y fachadas, andan a la deriva en una intensa carrera a contrarreloj en la que se embarcaron a las 7 de la mañana. Ahora les asalta el hambre y se comen un bocadillo en plena calle, porque no tienen tiempo ni para parar. "Tenemos que estar seguras al 100 por 100", afirma Lorena. "Si hace falta veremos 50 pisos, no tenemos prisa", la secunda su compañera, Sara.
Incombustibles, invadidas por las gotas de sudor y el dolor de pies, se han recorrido casi toda la zona universitaria y siguen sin estar "muy convencidas" de lo que han visto. Han tenido todo el verano, pero admiten que lo han dejado "para última hora". Muchos lo hacen, bien por desidia o bien porque consiguen aprobar el curso en septiembre.
Más difícil todavía lo tendrían Lorena y Sara si fueran chicos. La mayoría de los anuncios se destinan a ellas. Al ser preguntada, una propietaria que ofrece piso aclara el porqué: "lo alquilamos a unos chicos que después me lo dejaron hecho polvo. Desde ahí dije que nunca más".
Si encontrar una vivienda adecuada es ya difícil, más todavía lo es encontrar al inquilino correcto. Tanto los propietarios como las inmobiliarias admiten, además, un gran descenso de negocio en lo que va de verano, en comparación con el año pasado. "A estas alturas lo teníamos casi todo alquilado", aseguran desde una inmobiliaria de la calle Ramón Llull, en plena zona universitaria.
Y es que la elección de un piso implica tener en cuenta varios factores. Está el precio, el espacio, la antigüedad, los compañeros, las habitaciones. Por ello es tan difícil conjugarlos todos: no existe el piso perfecto. "En uno nos han pedido demasiado, en otro sólo había una habitación disponible y había otro que tenía los muebles muy viejos". Elena hace balance y las cuentas no cuadran. Han visitado cuatro pisos "de momento" y tres ya han sido descartados por alguno de esos defectos.
En las zonas universitarias por excelencia, como Ramón Llull o Blasco Ibáñez, los pisos nuevos rondan los 250 y los 300 euros por dormitorio. Menos, sin embargo, cuestan cuanto más lejos se encuentren de las facultades.
Daniel, estudiante con experiencia en la búsqueda de pisos en alquiler, asegura que, en todo caso, "pagar más o menos depende del número de habitaciones". Ha cambiado muchas veces de vivienda y lo que puede asegurar es que los precios "no dejan de subir", ni siquiera tras la crisis económica y la explosión de la burbuja inmobiliaria. "Los propietarios se aprovechan un poco de los estudiantes, porque saben que no tenemos otra opción", opina Elena, definitivamente.
Un mercado, el de los pisos de alquiler, que mueve mucho dinero. Por eso es tan importante elegir la vivienda adecuada, decisión que requiere tiempo y paciencia.