La muerte moderna

Pedro Santonja

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El concepto de vida-tránsito de la Alta Edad Media, la muerte deseada, la muerte como puerta del cielo (mors porta coeli) y puerta de la verdadera vida (mors janua vitaee) había ido evolucionando ya a partir del siglo XIV con la jocosa literatura del Arcipreste de Hita (Juan Ruiz) frente a la literatura severa y adusta del canciller Pedro López de Ayala. Como vemos en el Libro de Buen Amor, la muerte es la enemiga que priva al hombre de la alegría de vivir, de la vida placentera (el hedonismo epicúreo, hedoné), porque para el Arcipreste la vida ya es amable. La muerte deseada y liberadora de los monjes contemplativos, que era el camino para la unión con la divinidad, se convierte en muerte rechazada, en muerte maldita, en muerte cruel, como vemos en las Coplas, que Fernán Pérez de Guzmán escribió a la muerte del obispo de Burgos, Allonso de Cartagena, hijo del célebre judeoconverso Pablo de Santa María, antiguo rabino de Burgos (Selemoh-Ha-Levi), que llegó también a ser obispo de la misma ciudad: «O severa y cruel muerte! / o plaga cotidiana, / general y común suerte / de toda la gente humana! / En una escura mañana / sacaste todo el vergel, / tornando en amarga hiel / el dulçor de la fontana.»
La visión del Arcipreste de Hita sobre la muerte es profundamente trágica, de lucha impotente contra un enemigo poderoso, que acaba con la belleza y con el que siempre vamos a perder («de fablar en ti, muerte, espanto me atraviesa): 1548: Tiras de toda vergüença, desfeas fermosura, desadonas la graçia, denuestas la mesura, enflaqueçes la fuerça, enloqueçes cordura, lo dulçe fazes fiel con tu mucha amargura.
De la muerte consoladora, de la muerte dulce y salvadora, se había pasado al concepto de muerte aniquiladora, que acaba con el vigor y con la lozanía, según vemos en esta estrofa del mismo Arcipreste:
1549: Despreçias loçanía, el oro escureçes, desfazes la fechura, alegría entristezes, manzillas la linpieza, cortesía envileçes muerte, matas la vida, el amor aborresçes.
En el siglo XV, en la lírica amorosa y espiritual, se repetirán los tópicos la muerte por amor, el deseo de muerte y el vivir muriendo, tal como vemos en Jorge Manrique («No tardes, muerte, que muero; / ven, porque biva contiga; / quiéreme, pues que te quiero, / que con tu venida espero / no tener guerra conmigo»), y en el poema del Comendador Escrivá («Ven, muerte, tan escondida, / que no te sienta conmigo, / porque el gozo de contigo / no me torne a dar la vida»). Estos lugares comunes los heredará la literatura religiosa (ascética y mística) de los siglos XVI y XVII, tal como vemos en San Juan de la Cruz: «Esta vida que yo vivo / es privación de vivir; / y así, es continuo morir / hasta que viva contigo». La vida como anti-vida queda bien reflejada en la siguiente redondilla de Juan Rufo: «La vida es largo morir / y el morir fin de la muerte, / procura morir en suerte / que comiences a vivir», y en el cuarteto de Francisco de Aldana (1537-1578): «En fin, en fin, tras tanto andar muriendo; / tras tanto variar vida y destino; / tras tanto, de uno en otro desatino, / pensar todo apretar nada cogiendo…»
Con todos estos bagajas llegamos a la literatura del Barroco, heredera de ciertas convenciones retóricas de la Edad Media, que nos presenta al hombre como un ser agónico y angustiado ante la muerte y la fugacidad de la existencia, «desde la tierna cuna / a la tumba enlutada», de Quevedo, quien sabe repetir con acierto los tópicos de la brevedad de la vida y de la muerte que a todos iguala, en este cuarteto de su Salmo XIX: ¡Cómo de entre mis manos te resbalas!/ ¡Oh, cómo te deslizas, edad mía!/¡Qué mudos pasos traes, oh muerte fría/pues con callado pie todo lo igualas!/
En la Epístola moral a Fabio se refleja la actividad pesimista del hombre ante la fugacidad de la vida, siguiendo la estela de Jorge Manrique: «Como los ríos, que en veloz corrida / Se llevan a la mar, tal soy llevado / Al último suspiro de mi vida». Este paso inexorable del tiempo se representaba en aquella época con macabros dibujos de la Muerte (esqueleto o cadáver en estado de putrefacción), en los que ésta llevaba, de forma simbólica, en una mano la guadaña y en la otra el reloj de arena.
En algunos escritores del siglo XVIII, el siglo ilustrado, el siglo de las luces, también encontramos huellas de Gracián y de Quevedo. En la lírica amorosa de factura neoclásica de Juan Meléndez Valdés y en sus composiciones filosóficas y religiosas, con rasgos prerrománticos, está presente la cacudidad de la vida, el vuelo del tiempo (tempus fugit) y la presencia de la muerte enemiga: «¡Cómo se van las horas, / y tras ellas los días / y los floridos años / de nuestra frágil vida! / La vejez luego viene, / del amor enemiga, / y entre fúnebres sombras / la muerte se avecina…» La influencia de Quevedo es notoria en Diego de Torres Villarroel: «¿Adónde me guía mi locura, / si del ser al morir soy prisionero / en el vientre, en el mundo y sepultura?»
También está presente el sentimiento de la muerte en los rebeldes románticos, que plantean la respuesta satisfactoria al enigma de la vida y de la muerte. En el Canto primero de El diablo mundo, de José de Espronceda, un viejo a punto de morir, reflexiona sobre la juventud perdida y el paso del tiempo. Duerme el venerable anciano y en sueños un bello cadáver de mujer le susurra con lánguida voz: «Débil mortal, no te asuste / Mi oscuridad ni mi nombre; / En mi seno encuentra el hombre / Un término a su pesar. / Yo compasiva le ofrezco /Lejos del mundo un asilo, / Donde a mi sombra tranquilo / Para siempre duerma en paz.»
También está presente el sentimiento de la muerte en Blas de Otero, en su búsqueda desesperada de Dios, como podemos ver en las composiciones de su primera etapa existencial (desarraigo existencialista). Un ejemplo sería su soneto Ciegamente de su libro Ángel fieramente humano, en el que se dirige a Dios y en el que se alcanzan aires místicos: vía purgativa o purificativa en los dos cuartetos y vía iluminativa y unitiva en los tercetos: «Porque quiero tu cuerpo y lo persigo / a través de la sangre y de la nada. / Porque busco tu noche toda entera. / Porque quiero morir, vivir contigo / esta horrible tristeza enamorada / que abrazarás, oh Dios, cuando yo muera.»
En Miguel de Unamuno, que algunos autores (Romano García) relacionan con Kierkegaard, la presencia de la muerte y el anhelo de inmortalidad son preocupaciones casi obsesivas en sus escritos religiosos. En su obra San Manuel Bueno, mártir, Angelina le pregunta a don Manuel en confesión: «Cree usted, padre, en la otra vida? ¿Cree usted que al morir no nos morimos del todo? ¿Cree que volveremos a vernos, a querernos en otro mundo venideero? ¿Cree en la otra vida?»
Sobre el concepto de la muerte y de la inmortalidad se producen grandes variaciones, sobre todo en los escritores materialistas y ateos, siguiendo la antropología atea que inauguró Feuerbach. Por falta de espacio no podemos detenernos estudiando a ciertos escritores existencialistas de tendencias distintas respecto a la muerte; Sören Kierkegaard, Martín Heidegger, Karl Jaspers, Gabriel Marcel, Maurice Merleau-Ponty (fenomenología existencial), Jean-Paul Sartre. Éste, en el capítulo L´être-avec (Mitsein) et le nous, de su libro L´être et le néant, dedica un apartado a la muert e: E) Ma mort, en el que hace referencia, entre otros, a Rainer Maria Rilke (Der ausgewählten Gedichte) y a Heidegeer (Sein un Zeit). Según Sartre, así como la muerte ha llegado a ser la posibilidad propoia del Dasein (ser existente), el ser de la realidad humana (el hombre) se define como Sein zum Tode (ser para la muerte).
El hombre medieval se preocupaba tanto del cuerpo como del alma de sus difuntos. Los enterramientos se hacían cerca de la casa familiar en la iglesia, en el atrio (atrium). Más tarde se construyeron los cementerios (koimeterion, dormitorio) fuera de las ciudades, alejados y cercados por un muro. Allí se levantaban las tumbas a los difuntos para poder realizar las acostumbradas visitas melancólicas a los seres queridos. Eran los tiempos en que se moría en el propio lecho, rodeados de amigos, familiares y objetos queridos, junto al ventanal, desde donde se veían los árboles y vergeles del jardín, desde donde se oía el susurro de la fuente… Ahora, nos morimos solos, en la habitación aséptica y blanqueada de un hospital, antesala del frío sepulcro marmóreo. Sin árboles ni vergeles, sin oír el canto del ruiseñor… Pero la muerte más moderna es la incineración. Se prescinde de mausoleos, de sepulcros, de lápidas y epitafios. Sin responsos litúrgicos y sin cánticos elegíacos, el muerto acaba siendo un cadáver anónimo e incierto que no deja rastro… Las causas, como dice Philippe Ariès, no son solamente la voluntad de ruptura con la tradición católica (enterrar a los muertos), la motivación profunda es que la cremación, sobre todo cuando hay dispersión de las cenizas en el mar o en el campo, es interpretada como el modo más radical de hacer desaparecer y olvidar todo lo que pueda quedar del cuerpo, de anularlo. La incineración también excluye del penoso peregrinaje afligido y nostálgico al campo santo y ahorra la tristeza de enfrentarse con las flores marchitas sobre las tumbas, que son símbolo de todo lo que es perecedero y efímero, como la vida del hombre. La verdadera pena es que no se pueda hacer una encuesta a los muertos para saber lo que prefieren, si la tierra o el fuego.

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