ALFONS GARCIA VALENCIA
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Para saber, hay que mirar al cielo. No nos pongamos teológicos. Y menos aquí, delante de esta casa de pueblo tan verde, dentro del casco urbano de Valencia. Si tomamos perspectiva y miramos arriba, las dudas se deshacen: en el centro, el busto del propietario; a su izquierda, en azulejos, bajo el rat penat, "Casa de Carles Recio".
Llamamos. Pero antes, podemos ver los azulejos que enmarcan la persiana del garaje: toda una historia de Valencia en viñetas cerámicas. Hasta el siglo XXI, con lo que parecen ser las formas de la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Y al otro lado de la cancela metálica, un carro de la victoria, unas peculiares musas falleras -desnudas y con peineta- y un ejemplar a tamaño natural (o casi) del Centenar de la Ploma, la guardia creada por Pere el Cerimoniós en el siglo XIV para proteger la Senyera y el reino. Todo en azulejos pintados de manera artesanal. Un aperitivo de lo que espera dentro.
Entramos. En el recibidor, sólo con una mirada rápida, encontramos unos fósiles -los orígenes (simbólicos) de Valencia-; un grabado de la primera Miss Valencia, la olvidada Rosa La Figuera, de 1909; y arriba, un pequeño cuadro de Paquita la Rebentaplenaris, mito blavero de la batalla de Valencia, en pleno lanzamiento de un huevo.
Para entender algo, hay que conocer al propietario. Carles Recio es un histórico del valencianismo (en su variaente tricolor) desde los tiempos de la guerra de los símbolos, por los años de la Transición. Revitalizador después del Institut d'Estudis Valencians (entidad olvidada de los años treinta) y biógrafo de Vicente González Lizondo tras la muerte de este, ha sido personaje de difícil acomodo en las estructuras habituales de uno y otro lado del nacionalismo valenciano.
¿Pero qué es todo esto? "Un rompecabezas del valencianismo poco conocido", dice él. "La última casa de autor", creada en una antigua alquería de la huerta de Russafa que compró hace 15 años, añade. "Una casa para escribir y estar a gusto, para invitar a gente, hablar e intercambiar ideas. Llama la atención porque ya no hay".
También por tanta valenciana folclórica ligera de ropa. Parece una obsesión enfermiza. "Cada uno vive donde le gusta. A mí siempre me ha gustado este tema. Puede parecer enfermizo, pero en las ventanas de arriba están representados todos los folclores del mundo", replica. "Hay pocas personas tan abiertas como yo", agrega. Y apostilla que ahora estudia árabe.
"Fallerelas" por todas partes
El salón es un espacio de tranquilidad y, por eso, predominan las valencianas bailando y con imagen idílica, pintadas o en escultura, explica. Sólo detrás de la televisión aparecen dos bestias (no es casual). En un rincón, una valenciana desnuda del pintor de falleras por excelencia, González Alacreu. En el techo, un óculo con más desnudos, banderas y escenarios valencianos. En los peldaños de la escalera se ven las figuras del tarot, porque "cada parte ha de tener su estilo". En el patio están las divinidades del mundo: África, India, IsraelÉ Hasta la Mare de Déu "y un hueco para el dios desconocidos de los romanos".
Queda el baño. Sonríe. Una gran cerámica con la Senyera y una fallera como portarrollos del papel.
Recio ya escandalizó con esta estética en los cómics de Fallerela. Allí hacía los guiones. En su casa se ha atrevido a dibujar y pintar los azulejos. "No era sólo provocar -dice-. Había reflexión, porque era desnudar también a Valencia".
Prefiere hablar de "museo diferente", con piezas únicas, que de singular disneylandia. "Sí, hay mucho de ego, de síndrome de autorresistencia. Estoy conservando un mundo, con algo de añoranza. Es una casa de cosas pasadas que posiblemente no vuelvan a suceder".
¿El valencianismo? "No hay. Sólo la carnavalada del Nou d'Octubre. Esto sería como un refugio de un valencianismo que no pudo ser. Nos fracturamos en dos: a uno le falta popularidad y otro ha muerto de ella".
Nos vamos. "Si queréis una foto en la fachada, cuelgo la Senyera". Y una vecina sonríe perpleja.