M. D. VALENCIA
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La exaltación tuvo este año un preámbulo insólito. Lejos prepararse cada una en su domicilio, lo que hicieron en esta ocasión, como si de un equipo de fútbol se tratara, fue reunirse en la tienda del indumentarista, Álvaro Moliner, y cumplir allí casi toda la liturgia. Llegaron peinadas y vestidas, pero ahí ya se pusieron en manos de las modistas y unos pocos allegados. Todas salieron desde allí en tropel a casa de la fallera mayor, entre la sorpresa de los viandantes que pasaban por la calle San Vicente.
¿Y por qué no en fallas?. Esta concentración espontánea rescata un debate que, con la crisis que hay, parece difícil que la Junta Central Fallera se decida a poner en práctica: alquilar habitaciones en un hotel céntrico y que todo el cortejo tenga un espacio del que partir en la semana de fallas y no ir como locos los chóferes y los acompañantes por toda la ciudad entregando y recogiendo falleras a toda e innecesaria prisa.