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a declaración de expoliación del patrimonio histórico por parte del Ministerio de Cultura del Plan Especial de Rehabilitación y Reforma Interior del Cabanyal ha puesto de manifiesto, una vez más, la mala relación de la derecha valenciana con el Derecho, con el Estado de Derecho.
La perversa ocurrencia de un decreto ley para hacer frente a dicha orden ministerial no sólo es un engendro jurídico, falso en su motivación -ocultando la sentencia del Tribunal Supremo que ordena al ministerio determinar la existencia o no de la expoliación-, utilizado fraudulentamente- la extraordinaria y urgente necesidad es puramente política-, generador de inseguridad jurídica y cauce para evadir la ejecución de la referida sentencia.
La actuación del Gobierno autonómico, con el acompañamiento siempre retador e insolente de la autoridad municipal capitalina es mucho más grave que el que puede generar un debate entre juristas, pues forma parte del desprecio que la derecha española, y especialmente la valenciana, siente por el Estado de Derecho.
Si, como escribe Fernando del Río, uno de los elementos que define a las derechas es "la preservación a ultranza de la ley, el orden, la autoridad y la propiedad privada como ejes reguladores de la convivencia comunitaria", puede decirse que la que nos ha tocado sufrir no respeta ni su propia tradición.
Escribe Elías Díaz que "la mejor defensa de la legalidad y la legitimación exige actuar siempre en el marco del respeto a la Constitución y al Estado de Derecho: no sólo esto es más justo y más legal, sino incluso -ésta es mi convicción- tanto a corto como a medio y largo plazo, preocupándose por contar con adhesiones sociales más fundadas e ilustradas, una mayor y mejor legitimación, será además mucho más eficaz para todo el sistema político y social".
La respuesta de la derecha valenciana a la actuación del ministerio -que ha actuado en ejercicio de sus competencias y de modo fundado e ilustrado por informes categóricos- resalta su cara más autoritaria y reaccionaria, nos trae reflejos de los últimos alcaldes franquistas y de la respuesta de un movimiento ciudadano vigoroso y estructurado: "el río verd", "el Saler per al poble"; al tiempo, nos recuerda su parentesco con Thatcher, Reagan, Bush, Aznar y los Papas postconcilio.
Son los neocons patrios, una tropa peligrosa cuya impaciencia por alcanzar el poder y su ansiedad por conservarlo -poder del que nunca pueden ser desposeídos- les permite adoptar cualquier estrategia siempre que permita, como dice José M.ª Maravall, "neutralizar al contrincante, contemplado no como un adversario, sino como un enemigo, para tener la sartén por el mango, con los menores controles posibles para decidir con discrecionalidad".
La actuación de la derecha valenciana en el asunto del Cabanyal retando al Gobierno de la nación mediante subterfugios jurídicos y declaraciones desmedidas y crispadas sólo puede darse desde el convencimiento de que el marco conceptual, el relato sobre el que se sostiene tanta pobreza intelectual y moral sigue funcionando, como dice Carles Castro, "el mecanismo es simple: una minoría convenientemente activada acaba sobreponiéndose a una mayoría estadística sensible a la fatiga. Pero el detonante reside en el discurso. Y el de los populares evidencia una eficacia demoledora. Seguramente porque se basa en un relato claro, sencillo y circular, dirigido al cerebro emocional de sus potenciales seguidores". Quizás el Cabanyal sea el detonante para que los progresistas valencianos venzan la fatiga y consigan un relato ilustrado y convincente, que apele a lo mejor de nosotros y nos haga más libres, iguales y sabios. Salvem el Cabanyal.
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