El debate, tan repetido, sobre la prolongación de la avenida de Blasco Ibáñez hasta el mar, ha puesto de manifiesto dos concepciones distintas de ciudad. El Partido Popular, Rita Barberá, ha entendido siempre la identidad urbana de Valencia como una percepción mediatizada por el marketing y por la creación de iconos que puedan conformar parámetros de competitividad. Para ello la diversidad de sus casas, calles y barrios le molesta. Se trata de ir realizando un proceso de uniformización urbana, generando espacios sin identidad, intercambiables unos por otros. Y este tipo de política ha sido así siempre. Ese "progreso" provoca la desaparición de la cultura e identidad local y provoca la corrupción económica y política. Abandonar y degradar las casas, las calles, los barrios para justificar el derribo y ejecutar grandes avenidas favoreciendo a los especuladores de siempre, es la política de la derecha. En Valencia y a partir de 1999 Rita desarrolla la expansión de la ciudad en diversos ejes con una actividad inmobiliaria sin precedentes y sobre los terrenos de la huerta periurbana. En esta ocasión sobre un barrio histórico de la ciudad. Qué más da. La Orden del Ministerio de Cultura ha paralizado sus planes. La reacción como era de esperar ha sido el victimismo. Nosotros tenemos la mayoría, nosotros somos la ciudad y la prolongación de la avenida, decía Cotino, es una aspiración histórica de la ciudad. Pero hay otra concepción de ciudad. Como decía Aristóteles no son las piedras, son los seres humanos los que hacen la ciudad. La ciudad debe organizarse con el reconocimiento de las entidades de sus casas, de sus calles, de sus barrios. Deben favorecer la integración y la pluralidad. La identidad urbana no se conforma con iconos y eventos sino que es la suma de diversidades. A nadie se le ocurriría realizar grandes avenidas, con la expresión de 1891, "para que corriera el aire y se llevara los gérmenes", y concluir aquellos proyectos de la Avenida del Oeste y la Avenida del Pla, derribando palacios góticos o el antiguo barrio islámico. A nadie se le ocurriría atravesar el barrio del Carmen con una avenida para sanearlo. Tal vez no sea negocio. O tal vez sí. La ciudad no es sólo una aglomeración de seres humanos, es una forma de entender las relaciones personales, la ciudad es un producto de la historia. Quisiéramos recordarle a Rita Barberá las palabras que le dijimos a través de estas mismas páginas en 1995. Cuando mire el mar hágalo con la comprensión de quien respeta la idiosincrasia de unos barrios con una población con identificación propia, orgullosos de su historia. Pero no. El Partido Popular sigue mirando al mar diseñando con su mirada la gran avenida de edificios y negocio. Los problemas del Cabanyal se acabarán cuando el Cabanyal no exista. El futuro está en manos del Tribunal Supremo, quien emplazó al Gobierno de España a pronunciarse sobre la posibilidad de que el proyecto de Barberá incurra en expolio sobre un núcleo histórico declarado Bien de Interés Cultural por las propias Cortes Valencianas en 1993. En la última página de «Flor de mayo» (Blasco Ibáñez, 1895), uno de los protagonistas pronuncia unas palabras que parecen dedicadas a Rita Barberá: "Ya no enseñaba el puño al mar. Le volvía la espalda con desprecio, pero amenazaba a alguien que estaba tierra adentro, a la torre del Miguelete, que alzaba a lo lejos su robusta mole sobre la masa de tejados de la ciudad… Allá estaba el enemigo, el verdadero autor de la catástrofe…"