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HEMEROTECA » |
Mi primer recuerdo del Jardín de Monforte se remonta a hace más de cuarenta años, cuando yo era un medroso escolar que, cartera en mano, atravesaba las calles ateridas de frío de las mañanas invernales y aún bañadas en la oscuridad, camino del colegio. Al llegar a la altura del pabellón de recreo del Marqués de San Juan, el portón de acceso al jardín estaba siempre cerrado y la noche anticipaba la aurora que pronto iba a romperla con andrajos de niebla colgados en las ramas secas de los arbolillos, a ambos lados de la entrada, cuya puerta parecía resguardar el interior del jardín y durante algún tiempo fue para mí un incentivo de la mirada, entorpecida por sus cuarterones de madera pintados de gris.
La realidad del Jardín se me escapaba. La memoria de mi madre me la hizo presente al mostrarme una fotografía donde ella era una guapa joven vestida de blanco interpretando la Colombina de «Los intereses creados» entre setos de boj, frente a una hilera de estatuas de gestos congelados en la explanada que, al parecer, se mostraba al visitante cuando se abría la puerta misteriosa. Así pude reconocerla en mi primera visita, porque nada había cambiado desde los años treinta y el que fue escenario de los diálogos benaventinos seguía acogiendo, en su verde fijeza, a los nuevos visitantes.
Frecuenté las glorietas y senderos del Jardín de Monforte en mis años mozos. Tras el palacete y la explanada era grato jugar a perderse en ellos. Esos lugares propiciaban el beso, la caricia y el susurro. En la empresa me acompañaban no las altivas reinas de mármol de ojos vacíos del jardín francés, siempre tan aburrido, sino alguna deidad menor del panteón clásico o amorcillos sonrientes, cuya sola visión propiciaba el abrazo. No ha mucho, haciendo tiempo entre dos pruebas radiológicas en la vecina Clínica Quirón —cada edad tiene sus ceremonias— he comprobado, con placer, que los vericuetos del jardín siguen auspiciando besos enamorados.
Ahora me dicen que, además de haber roto, tiempo ha, el itinerario de visita lógico que conduce de lo abierto a lo cerrado, el Ayuntamiento de Valencia quiere derruir el muro que hace del Jardín un clásico «hortus conclusus» y sustituirlo por una reja que encarcelaría mi memoria, estableciendo así el enésimo trasvase entre lo privado y lo público, uno de los signos aciagos de nuestro tiempo como demuestra el abuso de los teléfonos móviles y ciertos programas televisivos de trasnoche. Pienso que al Jardín de Monforte es preciso acceder cruzando una puerta, al igual que uno goza de sus más íntimos deseos transgrediendo determinadas barreras. Pero la municipalidad no entiende de estas fragilidades con las que, empero, está hecha la vida. Quieren convertir Monforte en un parque al que los vecinos del barrio puedan sacar a pasear sus perros. Y el sentido pleno de un lugar como éste, Bien de Interés Cultural, es que sea un jardín cerrado para todos.
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