Las fallas ya casi están, ya queman. Un cúmulo de sensaciones está a punto de explotar como una «mascletà impedida», italiana ella. Pretensión que se debería haber alzado hacia el cielo de la costa bañada de paellas y terrazas prohibidas.
Este año las carpas se han retrasado para regocijo del tráfico. Cortarán esta calle, un letrero nos lo indicará mientras nos mostrarán la dirección que debemos tomar, contraria a la que íbamos. El olor del aceite requemado sonroja los bunyols cercanos. Y una marea humana, apretada, deja al descubierto el sudor oculto de nuestra desorientación.
A nuestro lado, se oye el eco de un petardo que estalla. Y otro, y otros más. Suenan como cascabeles ininterrumpidos, tanto, que se nos hace monótono el zumbido constante de los estruendos que acaban por acariciar nuestras piernas y oídos. Todo es fiesta, todo por las fallas.
La gran gala se vislumbra cuando se escampa la arena sobre el asfalto que tiene que soportar la gravedad del monumento que este año, por la crisis, viene más liviano. La fiesta se llena de ramos pasacalleados al son de la música interpretada por pies hinchados de notas. Es la gran tarde convertida en universo de la fiesta, la ofrenda que teje la alfombra de flores donde el sentimiento hace aflorar lágrimas de devoción y, a veces, de histerismo. Una foto a la nietecita dormida en el carrito.
Todo estará a punto para el rito esperado, la quema del ninot de trampa y cartón. Silencio. Alineados en pelotón se apagan las luces eléctricas que iluminan sueños. Las llamas aparecen desafiando la comitiva. Es el momento de la ejecución y surgen las lágrimas por el reo quemado.
Breves apuntes, pero así son las fallas, y pese a todo las queremos. Anótenlo, apunten, y quien quiera que abra el fuego.