MOISÉS DOMÍNGUEZ VALENCIA
?
La Ofrenda es un acto de mucha profundidad. Ya les explicabamos ayer que algo debe tener cuando casi cuatro de cada 10 mujeres entran llorando a la plaza de la Virgen. O como los hombres se santiaguan, las mujeres besan el ramo y los niños, simplemente, se sorprenden.
Pero las Fallas son Fallas; o sea, fiesta. Y tras ese subidón de emociones que supone el desfile y la aparición y en la plaza, esa de la que se sale igual de rápido que se entra, la vida continua.
Y así, los protagonistas del desfile tienen la rara habilidad de cambiar de chip. La banda de música de turno es la que se encarga de romper el fuego. En cuánto las voces de la plaza empiezan a apagarse ellos cambian la obligatoria pieza de entrada en el recinto (el Valencia de Padilla ) por cualquier otra pieza chiricotera. En ese momento, y mientras algunos pero sobre todo algunas, se limpian el último lagrimón el grueso del paquete celebra el final como una liberación. La gente salta, canta y baila. Es el momento también en el que el familiar o el novio de turno, ese que no quiere ver las fallas ni en un pintura, propicia el reencentro.
Los niños que salen por la calle Navellos se encuentran con algún premio en forma de caramelos después de gritar la palabra a los vendedores de la casa de dulces mientras otros, adultos, tal como hacían durante el camino de ida se despiden del entorno al grito. "Maricón el que no bote" u otras similares de tono festivo con la banda interpretándolas. Y luego a los autobuses para regresar a las demarcaciones y seguir la fiesta. El año que viene volverán las lágrimas y las alegrías. Algunos ya no estarán y muchos otros harán su primera Ofrenda incluyendo los que la hicieron ayer y anteayer en la barriga de mama.