JOSÉ LUIS GARCÍA VALENCIA
La disputa que mantiene el ayuntamiento con el Gobierno a cuenta de la paralización del plan del Cabanyal también se libra en el terreno de los gestos. Hace unas semanas, la alcaldesa entregó a la ministra de Vivienda, Beatriz Corredor, una selección de fotogra?fías con la cara más degradada del barrio, y la petición de que se las trasladara a María Teresa Fernández de la Vega, vicepresidenta del Gobierno y diputada por Valencia.
Esta semana, con motivo de las Fallas, era la propia De la Vega quien estaba en la ciudad. Barberá dio esta vez a la vicepresidenta una carta de los vecinos partidarios de la prolongación de Blasco Ibáñez. "La vice", que algo se olía, encajó el gesto y respondió con artillería pesada: "Houses from the Cabanyal". Se trata de una recopilación fotográfica que cataloga, calle por calle, todo el patrimonio modernista del barrio marítimo, centrándose en las peculiares fachadas de azulejos.
El plano artístico del viejo poblado es, precisamente, una de las aristas de un conflicto con tintes políticos, sociales, jurídicos y urbanísticos; muchos problemas que conviven en el Cabanyal. De ahí el gesto de De la Vega, que quiere proteger la integridad el barrio.
El libro "Houses from the Cabanyal" realiza un recorrido gráfico por todas las calles del Cabanyal, entre Francesc Cubells, límite en el sur con el Grau, y Tarongers, frontera norte con la Malva-rosa. Según Felip Bens, responsable de la editorial L'Oronella y autor del libro, "la irrupción de las fachadas de colores es la reinterpretación que hicieron las clases populares marineras del movimiento artístico del Modernismo a principios del XX".
Al margen de la motivación estética también se intuyen factores más prosaicos, como las bondades del alicatado ante la humedad que obligaba asiduamente a encalar las clásicas barracas en aquellos años; o el punto de presunción de unos habitantes que, entonces y casi todavía hoy, tenían en la puerta y en la entrada de casa su punto de encuentro con los vecinos.
El catálogo también permite comprender la composición arquitectónica del barrio, de casas más ostentosas a más humildes conforme se avanza de sur a norte. Así, en el Canyamelar -cercanías del puerto- predominaban las casas de tres plantas de los capitanes de barco y clases más acomodadas.
El resto del pueblo mantiene las habituales casas de dos plantas, sobre todo en la parte central, donde se repartían por calles los funcionarios del puerto, los trabajadores de las consignatarias o de los propietarios de barca. El Cap de França, en la zona norte del barrio, se destinaba a las casas de una planta para pescadores. Una distribución que, grosso modo, aún se mantiene, con muchas fachadas intactas y otras tantas deterioradas por el abandono.
"Ojalá que la repercusión del libro contribuya a que se valore el patrimonio en peligro. Y a sensibilizar a la ciudadanía para llegar a un proyecto de rehabilitación integral", concluye Bens.