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Maestro de las llaves

El local se encuentra medio escondido en la calle Derechos y acoge más de 13.000 productos diferentes

 
Arturo Suárez posa ante una amplia muestra de los pomos y cerraduras que vende en su ferretería.
Arturo Suárez posa ante una amplia muestra de los pomos y cerraduras que vende en su ferretería.  

M. B. BLANQUER A lo largo de esta serie hemos repetido muchas veces "empezó con catorce años". Eran niños de infancia dura y juventud ausente, como el pequeño Arturo Suárez cuando se le abrieron las puertas de la ferretería Galvis y empezó a trabajar absorviendo como una esponja la dureza de los metales. Allí percibió que algo iba mal y se despidió un año antes de que cerraran para abrir su propia tienda.
Sustituyó la luz de la plaza por la oscuridad de una calleja histórica, llamada de los Derechos en recuerdo de la oficina recaudatoria que otrora albergó, y se sumió en las penumbras que iluminaban las débiles bombillas y la claridad de su mente trabajadora. Le llamó Ferretería, algo que no refleja la realidad, porque los trece mil productos registrados que acumula en el pequeño local plagado de recovecos en que reserva un espacio que llama "de exposición", ofrecen mucho más de lo que anuncia. Don Arturo Suárez, siendo ambas cosas, no se ha ascendido a sí mismo. En su aspecto conserva algo del babero infantil en su mirada y mucho del mono de trabajo en su vestimenta; no se limita a abrir, ordenar y hacer caja. Suena el teléfono, le reclaman los clientes, esperan los proveedores, anota encargos... De vez en cuando mira a la hija, que siempre le acompaña, en que ha depositado la esperanza de futuro en todos los órdenes y, rodeado de durezas, su rostro se ilumina de ternuras.
La verdad es que todos nos hemos vuelto un poco artesanos; sea porque mengua la disponibilidad de los oficios (recordemos a los afiladores, o a los cerrajeros ambulantes que voceaban por la calle y arreglaban cerraduras, pestillos y ollas a domicilio), la carestía necesaria de las horas de trabajo o porque nos hemos convertido en colaboradores necesarios en el montaje de los muebles; pero tenemos las limitaciones de la ignorancia, de los instrumentos precisos, cuando se trata de cerrajería, tal vez seamos capaces de reponer una cerradura averiada o instalar un candado, pero sin llegar mas lejos.
El sentido de la propiedad y la rufiandad son coexistentes e incompatibles como demuestra que los primitivos pobladores utilizaran complicados nudos para cerrar sus puertas, dando origen al conocido nudo gordiano. Mas el tiempo, que todo lo puede, puede con todo. De los objetos representativos de cada época quedan muy pocos y aún estos llegan en tal estado de deterioro que difícil será encontrar alguno que no haya salvado gracias a la reimplantación de alguna de sus partes. Su pérdida se debe, principalmente, a que cuanto mayor era su valor más ricos eran sus dueños y, en consecuencia, más proclives a la renovación de estilos con abandono de los anteriores enseres que se apilaban en porches o sótanos y llegaban a ser parte de los escombros.
Don Arturo ha conseguido ser un experto en diversas aplicaciones de la cerrajería, porque a la fabricación de llaves, de la que tan orgulloso se siente, y que reproduce por 0,75? la normal y 4,50? la de seguridad, une un vasto conocimiento de la cerrajería del mueble porque a su tienda acuden los anticuarios en busca de la pieza perdida y, si no se encuentra una similar, harto difícil, este cerrajero no tiene ningún problema en reproducir la muestra o elegir el modelo adecuado al estilo del mueble.
En lo que pomposamente llama sala de exposiciones, un pequeño reducto a la derecha, contiene, efectivamente, un amplio muestrario y con auténtico ingenio, utiliza tableros del juego de damas para colocar sobre los cuadros modelos diferentes, especialmente de tiradores. De ninguna manera lo situaremos en lo obsoleto, en reminiscencias del pasado; su tienda se moderniza con materiales eléctricos, elementos innovadores como los cuchillos de acero de diferentes colores, despertadores y calculadoras de diseño, calefactores...
La ferretería extrapola al universo las necesidades habituales de un hogar. El tornillo perdido, la lámpara fundida, la llave extraviada, el cable de una plancha, la propia plancha...y así hasta esos trece mil productos que resultan innombrables y que él memoriza, uno por uno, y cada anochecer, cuando baja la persiana, son la referencia para sus nuevos pedidos a fin de no desatender las necesidades de su barrio. Don Arturo no necesita hacer propaganda de su establecimiento porque siempre está llena, hay gente esperando, y si no tiene lo que buscan no duda en comprometerse: lo tendré mañana.

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