Dos auténticos cálices sagrados

La medievalista Margarita Torres identifica la copa de San Isidoro de León con la de Cristo y la de Valencia con el «cáliz de los Apóstoles» - «No son incompatibles», apunta la investigadora, quien sugiere un hermanamiento para promocionar ambas reliquias

02.04.2014 | 05:30
Los cálices de Valencia y León.
Los cálices de Valencia y León.

La profesora de historia medieval de la Universidad de León Margarita Torres, coautora junto con José Miguel Ortega, del libro «Los reyes del grial», presentado la semana pasada, mantiene la teoría de que el santo cáliz de Valencia no es el de Cristo sino el conocido como el «cáliz de San Pedro» o «cáliz de los apóstoles», que se veneraba en la templo del Santo Sión de Jerusalén. Los investigadores aseguran que el cáliz verdadero es el que se custodia en la basílica de San Isidoro de León y aportan como documentación pergaminos egipcios del siglo XI que narran que la reliquia, que los musulmanes habrían robado del templo del Santo Sepulcro, fue enviada en 1054 por el califa de Egipto al emir de Denia, en pago por la ayuda enviada por este durante una hambruna.

El emir quería la reliquia para regalársela al rey cristiano Fernando I con objeto de obtener su ayuda para frenar la expansión de la poderosa Taifa de Valencia.

José Miguel Ortega no duda de la fiabilidad de los citados pergaminos, cuya cronología y contenido «ha sido avalado por arabistas». Ortega, investigador y gestor cultural de la Junta de Castilla León, afirma que «no hay apoyo historiográfico» para mantener que la copa de Valencia sea la que usó Cristo. Otra cosa, puntualiza, «son las creencias y la fe que puedan tener los valencianos».

Añade que tanto él como Margarita Torres aportan documentación que probaría que el cáliz de León es el que se custodiaba y veneraba hasta el año 400 en el templo del Santo Sepulcro. Algo distinto, precisa Ortega, «es que dicho cáliz fuera el que usó Cristo». Y es que, como en el caso de Valencia, veracidad cien por cien es prácticamente imposible. De hecho, en el mundo hay alrededor de 200 copas que aspiran a ser el santo grial.

En relación al hecho de que la iglesia haya reconocido oficialmente el santo cáliz de Valencia como el auténtico como así lo acreditaría que dos papas (Juan Pablo II y Benedicto XVI) hayan oficiado misa con la reliquia, Ortega admite que «efectivamente sería un reconocimiento, pero nuestros datos son los que son». Tanto Ortega como Margarita Torres se muestran partidarios del «debate, siempre que sea con rigor y argumentos». «La ciencia historiográfica ha avanzado mucho gracias al debate», añade el experto. «El escepticismo es sano», insiste Ortega.
La profesora Torres por su parte hizo ayer hincapié en que los de Valencia y León «no son cálices incompatibles». De hecho, considera que al margen de lo que decidan hacer las autoridades eclesiásticas, Valencia y León deberían «andar juntas en esto». «Se trata de un hallazgo positivo para todos». Apuntó a la posiblidad de crear algún tipo de «hermanamiento» para divulgar que Valencia y León tienen dos de las reliquias más importantes de la cristiandad. Como se ha publicado, el Ayuntamiento de Valencia quiere impulsar la promoción del turismo religioso promoviendo la declaración del Santo Cáliz como Patrimonio de la Humanidad.

La tradición cuenta que en el siglo III el Papa envió el santo cáliz a Huesca, la tierra natal de su diacono, San Lorenzo, para poner la a salvo en una época de gran convulsión religiosa debido al cisma de Occidente. El cáliz permaneció oculto en varios iglesias de los Pirineos hasta llegar a San Juan de la Peña donde un documento acreditaría la existencia de la preciada reliquia en 1071. En el siglo XIV la reliquia viajó a Valencia. El rey Alfonso el Magnánimo la entregó al cabildo a cambio de financiación.

Margarita Torres y José Miguel Ortega no ponen en duda esta tradición si bien aseguran que el cáliz que llegó de Roma en el siglo III a Huesca no es el de Cristo sino el de San Pedro, el denominado, «cáliz de los apóstoles». Ortega y Torres creen que el rey Fernando I y sus descendientes ocultaron la trascendencia de su reliquia porque querían proteger el santo cáliz. «Se sospechaba que era muy importante porque la reina Urraca la hizo embellecer con sus propias joyas y ahora sabemos por qué».

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