28 de septiembre de 2015
28.09.2015

El cine Oriente, el cine del crimen

El pasado lunes 21 de septiembre aparecía en el Levante la noticia «Días de horror en Russafa» trayéndome con su publicación recuerdos de una infancia ya lejana en el tiempo

28.09.2015 | 04:15

El cine Oriente, era un cine de barrio como tantos otros que existían en Valencia hasta que fueron muriendo con la llegada de las salas de cines de estreno del centro de la ciudad.

Con el tiempo, tal como se explica en el artículo de José V. Paños, el cine Oriente pasó a llamarse San Carlos, Acroy y por último, Junior.

Es con este último nombre con el que mi padre empezaría a trabajar como operador cinematográfico y en el que a finales de los 60 llegarían a mí las primeras noticias de aquella macabra historia en la que una mujer había matado, descuartizado y esparcido los restos de un hombre por la ciudad y por el cine.

En los 70, un cambio de dueño en la empresa trajo consigo una reforma integral del cine en la que mi padre, que también era electricista, se le encomendó la instalación eléctrica.

Yo por aquellos años era un estudiante de instituto que en sus ratos libres hacía por ayudarle. Todavía recuerdo cuando mi padre me pidió que hiciese la instalación de los tubos fluorescentes que alumbraban la pantalla. Una cosa era ayudarle y otra entrar detrás de aquella pantalla donde años antes habían encontrado la cabeza de aquel acomodador metida dentro de una caja de metal de galletas. Y por supuesto me negué, no quería encontrarme con el espíritu de aquel hombre vagando por detrás de aquella pantalla cual película de terror. También recuerdo que cuando ocasionalmente, siendo yo niño, los sábados por la tarde mi madre cogía un taxi para ir al «cine de mi padre» mi madre le pedía a los taxistas:

„ Al cine Junior, por favor.

„ ¿Qué cine es ese?

A lo que mi madre siempre respondía:

„ El «cine del crimen».

¡Ah, claro!, afirmaba el taxista.

Veinte años después todavía se recordaba aquel macabro suceso que tanta repercusión mediática tuvo en la Valencia de inicios de los 50. Hoy aquel cine de barrio, como en la canción de Serrat, se ha convertido en un banco, en el que, como en esa canción, los espíritus de John Wayne, Christopher Lee, Rita Hayworth o Johnny Weissmuller vagan por él, acompañados, seguramente, por él de aquel acomodador.

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