24 de noviembre de 2015
24.11.2015
Tribuna

Vieja y nueva política frente al botellón

26.11.2015 | 20:47

Pasear un domingo cualquiera, a primera hora de la mañana, por algunas zonas de ocio de Valencia „ como la de Blasco Ibáñez„ produce una dolorosa sensación de rabia e inquietud. Rabia por ver un espacio urbano, que tanto cuesta de mantener, convertido en un estercolero, e inquietud por pensar en la posibilidad de que un gobierno local nuevo y progresista sea incapaz de acabar pronto con esta lacra. Está casi todo dicho sobre los efectos nefastos que el botellón y la falta de respeto a la convivencia está causando en nuestra castigada ciudad, pero hay que recordarlo. Calles y plazas devastadas cada fin de semana, plantas y setos pisoteados, juegos infantiles dañados, orines y vómitos entre los coches, bolsas de plástico y latas tiradas en los bancos, locales abiertos más allá de los horarios razonables, vendedores ambulantes ofreciendo alcohol a menores, borrachos berreando o peleándose, y vecinos alterados sin poder dormir, que lo único que pueden hacer es desahogarse llamando a una policía local, desbordada e impotente, para que aplique las ordenanzas. ¿Por qué las autoridades responsables de nuestros espacios comunes muestran esta desidia ante conductas que no se practican ni en nuestras casas ni en otros espacios públicos? ¿Cómo hemos podido pasar de «la calle es mía» propia de un régimen dictatorial «a la calle es de los vándalos» en una ciudad democrática? ¿Por qué Valencia no puede ser una ciudad normal en la que se respete el derecho básico al descanso y el sueño? Lo que podríamos llamar vieja política contra el botellón ha consistido básicamente, durante todos estos años, en hacer madrugar a los barrenderos para evitar al buen ciudadano el espectáculo denigrante de la cochambre urbana, en enviar en momentos críticos a la policía local a tomar los puntos negros de la ciudad para disuadir a los bebedores callejeros y, al final, en vallar algunos parques como el de la Plaza del Cedro para evitar concentraciones multitudinarias de alcohol y ruido. Nunca se ha percibido por parte de las autoridades municipales una preocupación genuina por este grave problema, y cuando algunos vecinos, valientes y generosos, han decidido enfrentarse a la negligencia pública pagando de su bolsillo un abogado y metiéndose en un largo pleito no han encontrado más que dificultades.¿Y qué nos ofrece la nueva política? No lo sabemos aún, pero pasado el infierno del verano en la práctica todo sigue igual, excepto el número de carteles en los balcones de las calles más afectadas clamando por una solución. Es urgente que el Ayuntamiento de Valencia se posicione con claridad ante el botellón. Si entiende que se trata de una práctica incompatible con una ciudad amable, culta y civilizada debe dejarlo claro públicamente, y a continuación debe establecer un plan de medidas que resulte eficaz. Hay que señalar que la intensidad y enquistamiento del problema requieren una acción que vaya más allá de llamadas al diálogo y la conciliación. El premio Nobel de Economía Ronald Coase sonreiría en su tumba viendo cómo un gobierno local amigo de los bienes públicos recurre a la fórmula neoliberal de invitar a contaminadores y contaminados a negociar la cantidad óptima de escándalo público nocturno. Valencia no podrá ser una ciudad inteligente ni del bien común mientras a una parte de sus habitantes se les siga privando del derecho básico al descanso, que tiene valor, pero no tiene precio.

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