21 de marzo de 2017
21.03.2017

Don Luis de Urbina y el Marítimo

21.03.2017 | 04:15
Don Luis de Urbina y el Marítimo

Uomo aclaración previa diremos que Marítimo, en este artículo, equivale sólo a sus barrios Canyamelar, Cabanyal y Cap de França y que don Luis Francisco de Urbina y Ortiz de Zárate (1721-1799), militar ilustrado de origen vasco, Teniente General de los Reales Ejércitos, miembro del Supremo Consejo de la Guerra, Caballero de la Orden de Calatrava, Gran Cruz de la Orden de Carlos III, Gentilhombre de Cámara de Su Majestad y director de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Valencia, fue Gobernador y Capitán General de Valencia así como Presidente de su Real Audiencia entre 1795 y 1797.

La relación entre esos antaño poblados, hoy barrios, marítimos y el ilustrado vasco quedó en nada por ese funesto sino que, una y otra vez, ha frustrado tanto mejoras locales como intentos de acercamiento a la ciudad de Valencia.

Todo empezó en la primera mitad de 1796, cuando ochenta y seis barracas fueron pasto de las llamas en tres voraces incendios que, casi consecutivos, ocurren en el Cabanyal, poblado de tipo orgánico que, como sus vecinos Canyamelar y Cap de França, carece de las más elementales medidas de seguridad.

Las autoridades, a propuesta de don Luis de Urbina, aprovechan la ocasión para transformar aquellos poblados de pescadores y marineros surgidos sin planificación alguna junto al Grau en lo que en el lenguaje de la época se llamaba Nueva Población, creada bajo los principios del racionalismo ilustrado. Asombra ver todavía hoy qué hubiera sido de aquellos poblados – aquí si cabe usar esta conmiserativa denominación – marítimos si se hubiera llevado a cabo la transformación propuesta por el ilustrado Urbina.

Frente a unas insalubres acequias al descubierto se planificó su cubrimiento, canalización y distribución del caudal a las nuevas viviendas. Frente a unos caprichosos agrupamientos de frágiles barracas la construcción de sólidas casas de mampostería de tres categorías: las más modestas, de una sola planta y junto a la franja arenosa, para pescadores; para los patrones y marineros viviendas de dos plantas y, para los visitantes de Valencia que solían «tomar las aguas» durante el verano, las construcciones de tres alturas, destinando la planta baja a familias locales con pocos recursos que se ocupaban de su mantenimiento durante todo el año. Se conservarían la ermita de Ntra. Sra. del Rosario, en el Canyamelar y la antigua de Ntra. Sra. de los Ángeles – entonces en fase de reconstrucción – frente a la cual se levantaría una gran plaza ovalada y porticada para mercado y recreo de los vecinos del Cabanyal y el Cap de França. Otra plaza, igualmente porticada y con los mismos fines pero cuadrangular se construiría entre el Canyamelar y el Cabanyal, justo donde hoy se halla la Plaça de la Creu del Canyamelar.

También se proyectó un camino amplio y recto que partiendo de la Alameda llegaba hasta el Canyamelar.

Todo eso quedó reflejado en el «Plan Topográfico de la Población que se proyecta en la Playa de la Ciudad de Valencia» de 1796. No pudo ser.

Ese conjunto urbanístico proyectado, único en los alrededores de la capital, era el auténtico Pueblo Nuevo del Mar, hermano, con sus peculiaridades, de otros enclaves de origen ilustrado (la Barceloneta; Sant Carles de la Ràpita, etc.) en la costa mediterránea.

Una vez pacificado el Mediterráneo después de la firma del Tratado Hispano-Argelino de 1786 que terminó con la piratería y el corso norteafricano se pudo pensar en la creación de núcleos urbanos estables en la misma costa así como en la construcción y ampliación de infraestructuras portuarias como el puerto de Valencia en el Grau, autorizándolo, además, para comerciar con América en 1791.

El decimonónico y constitucional municipio Pueblo Nuevo del Mar no fue más que un pálido remedo de aquel gran proyecto concebido por don Luis de Urbina y Ortiz de Zárate a quien, como mínimo, se le debe una calle o plaza en el Canyamelar, el Cabanyal o el Cap de França.

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