04 de abril de 2018
04.04.2018

El Arlequín del parque central

04.04.2018 | 04:15
El Arlequín del parque central

Hemos detectado que el color de la piedra difiere entre unas partidas y otras de piedra y queremos que se sustituya para que haya un acabado homogéneo», anunciaban hace unas semanas desde el Cap i Casal para justificar el retraso en la apertura de la primera parte del Parque Central. Al mismo tiempo, en otra parte del recinto se procedía a descabezar y talar los plátanos de sombra de la antigua estación de tren de Bailen.

No se quiere un efecto visual «arlequinado» en el pavimento, canales y láminas de agua, causado por los diferentes tonos de gris «asfáltico» que al parecer presentan las losas de granito suministradas. Hay que evitar, a toda costa, la imagen de un espacio urbano hecho a base de retales. Motivo y argumento, suficiente, para posponer la inauguración prevista para marzo, y anunciada machaconamente a bombo y platillo por el agrónomo Joan Ribó durante el año anterior. De manera que se ha de proceder a sustituir todo el material defectuoso ya colocado, unos 6.000 metros cuadrados según avanzan los medios de comunicación. Por su parte, los árboles verdaderamente asentados se han trasladado a otras zonas, sin atender las peticiones vecinales. La sutileza del color de la piedra interesa; hablar de la calidad de vida, la memoria y futuro de los árboles incordia.

El personaje de Arlequín es uno de los más populares, entre los papeles de criados y siervos, de la Comedia del Arte italiana. Junto al de Polichinela – el tonto por antonomasia – y el de Pierrot, el payaso tierno, de rostro enharinado y profundamente melancólico a causa de un amor no correspondido. Un género de teatro que gustaba al pueblo llano, caracterizado por el esquematismo de las tramas, las intrigas de los personajes y las improvisaciones en la representación. La personalidad de Arlequín resulta camaleónica, a la par astuto y necio, intrigante e indolente, sensual y grosero, brutal y cruel, ingenuo y pobre? de espíritu. Su atuendo, mil veces remendado y parcheado a base de retales viejos y desgastados, lo delata. En el Parque Central, el efecto arlequinado en el recubrimiento desagrada, como el personaje.

La arquitectura y la política mal entendidas tienen estas cosas, pueden conferirle un papel crucial al tono, saturación, brillo y luminosidad del «gris» del granito. E ignorar la belleza natural del porte de los árboles, como sucede con los «postes» sin ramas que se han plantado en el nuevo jardín. El caso es que el jardín ahora postergado, realmente imprescindible para los barrios colindantes y el futuro de la ciudad, difícilmente será sostenible. Como publicitan. Obviamente, no puede serlo para los árboles ya trasladados, ni para los «nuevos» árboles, auténtica mascarada en esta tragicómica representación. Importa mucho que el tronco sea gordo, nada que carezca de ramas y, en consecuencia, de belleza y porte natural.

Me explico, si lo que preocupa es la uniformidad del pavimento, pueden estar seguros de que difícilmente se conseguirá. Los alcorques destinados para acoger a los árboles son insuficientes en cuanto a dimensiones, por lo que en no mucho tiempo empezarán a levantar los «mimados» bloques de granito de aceras y láminas de agua. El ingeniero de caminos francés Georges Lefebvre ya señalaba a finales del siglo XIX, en el tratado «Plantations d'alignemet, promenades, parcs et jardins publics», que «con vistas a la duración de los árboles, sobre todo los de gran desarrollo previsible» el alcorque debía tener «dos metros a cada lado del tallo del futuro árbol». No es el caso, ni se acerca, basta con ir a la alineación de robles australianos de la calle Gibraltar o los plátanos de sombra en el interior del parque, junto al estanque. Algo básico que se supone todo el mundo debemos saber, también los arquitectos y políticos, es que los árboles engruesan el tronco con el paso de los años, y que además poseen raíces con las que buscan el agua.

Pero, como decíamos, los árboles también tienen ramas. Y eso es lo que les falta, al menos, a la mayoría de los ejemplares de hoja caduca ya plantados en el Parque Central. A saber: las plantas leñosas siguen unos patrones o modelos arquitectónicos de crecimiento que están determinados genéticamente, lo que les confiere una estructura y forma propia. Es lo que los botánicos denominan arquitectura vegetal. O dicho de otra manera, es lo que nos permite reconocer en la distancia a un pino piñonero con su característica forma de parasol.

No es baladí: el modelo arquitectónico juega un papel trascendental en todo lo relativo a los aspectos morfológicos, estructurales y dinámicos de cada individuo. Si no se respeta el crecimiento y desarrollo de cada especie y variedad – si se modifica o altera el crecimiento natural y secuencial– traen aparejados desequilibrios y desórdenes en el crecimiento, alteraciones de orden fisiológico, morfológico, biomecánico y patológico, y en consecuencia se produce una pérdida de solidez estructural.

Estos árboles son sencillamente menos seguros, las intervenciones de poda más frecuentes, severas y costosas y con ello también se reduce considerablemente su esperanza de vida. Una parte importante de la responsabilidad en la caída de árboles y ramas que sufrimos cada día en las ciudades tiene su origen en este tipo de «sutilezas». Que, desde luego, todos los agrónomos deberían saber. ¿Qué ocurrirá cuando los técnicos tengan que dar conformidad a la correcta ejecución de las obras y en consecuencia de la calidad de los árboles del Parque Central?

Pero bueno, nada de esto parece que preocupe a los personajes de esta Comedida del Arte a la valenciana. Sufrimos con los retales del Parque Central. Con el cambio de pose en la recalificación de zonas verdes y deportivas en el Cabanyal para urbanizar. Y también con el arbolado monumental. El remendado Arlequín, disfrazado de verde, no ha declarado protegido ningún árbol o arboleda monumental de interés local.

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