Quizá porque ni lo soy ni tengo madera, siempre me interesó observar a los políticos a corta distancia. He podido hacerlo. Mi trabajo me ha permitido tratar a lo largo y ancho de casi medio siglo con alcaldes y concejales franquistas y demócratas del Ayuntamiento de Valencia, y ser testigo directo de muchos de sus aciertos y de algunos de sus deslices y meteduras de pata. Confieso que he aprendido de la mayoría de ellos, aunque me he topado también en ocasiones con gentes de muy escasas luces y nulo interés.
De lo que oí a los políticos durante estos años, destaco tres frases a las que de buena gana otorgo mis particulares medallas de oro, plata y bronce. Como es saludable que ha ya de todo en botica, las dos primeras frases son, según mis cortas entendederas, aciertos de quienes las pronunciaron. La tercera no. La tercera revela una tremenda ingenuidad, impropia de quien se dedica a la cosa pública, pero así fueron las cosas y yo simplemente las recuerdo, sin añadir ni quitar una coma.
Vayamos con la medalla de oro. Un político acostumbraba solicitar informe de la Asesoría Jurídica sobre cada proyecto que pensaba emprender y, en ocasiones, pese a que el dictamen de Asesoría fuera absolutamente desfavorable, pasaba de él y seguía adelante con su plan. Un día le pregunté por qué perdía el tiempo pidiendo informes a los que no hacía caso. «No pierdo el tiempo y sí los tomo en cuenta -me respondió-. Un asunto se puede enfocar de muchos puntos de vista: político, económico, jurídico, ecológico, yo que sé de cuántos más. Yo pido la opinión de los especialistas en cada tema, sopeso los pros y los contras de los distintos enfoques y luego decido. Unas veces iré contra lo dicho por los abogados, en otra ocasión contra la opinión de los economistas o de cualesquiera otros, pero ese es un riesgo que asumo. Si aguardara una opinión favorable unánime nunca podría hacer nada. Siempre habrá alguien a quien la propuesta no le guste».
La medalla de plata va para un alcalde que, reflexionando sobre su labor, me dijo una vez: «Mira Néstor, ser un buen alcalde de Valencia es misión imposible. Siempre falta tiempo. Para que las cosas marcharan como es debido, el alcalde debería ser tres personas distintas. Una haría frente a las incidencias diarias de la ciudad y llevaría adelante el ayuntamiento, la segunda se dedicaría a las relaciones públicas, ya se sabe, recibir visitas, asistir a inauguraciones y a actos y comidas oficiales, etcétera, y la tercera se pasaría el tiempo en Madrid pidiendo dinero para la ciudad».
La medalla de bronce, paradigma de la más magistral metedura de pata, se la concedo a aquel político de los tiempos de la dictadura franquista que comentó, no en conversación privada, sino en una sesión de Pleno, con público, luz y taquígrafos, lo siguiente: «Ésí, ya sé que hasta ahora el Gobierno nos ha dado la espalda en ese asunto, pero eso va a cambiar, porque ya me he preocupado de ello y he decidido nombrar Fallera Mayor Infantil de Valencia a la hija del Ministro».
Sin comentarios.