M. Vázquez, Valencia
Ya han transcurrido tres minutos y medio desde que los primeros peatones llegaron y siguen sin cruzar. Los ánimos se soliviantan cada vez más y empiezan a sonar las primeras protestas. Entonces y sólo entonces, el agente se gira hacia ellos, los mira, silba... y les deja pasar.
El cruce no es otro que el paso de peatones existente en la confluencia de la calle Jesús con Guillem de Castro, un «punto negro» para viandantes y automovilistas desde hace algunos meses, concretamente desde que «comenzaron las obras del metro en la parte posterior de la plaza de toros», apunta uno de los agentes que a diario se juegan el tipo saltando de un sitio a otro para esquivar vehículos y viandantes.
«Este punto soporta mucha circulación -explica otro policía local- porque absorbe el tráfico de todas las vías que vienen a desembocar a la calle Xàtiva o al principio de Guillem de Castro y, encima, casi todos los vehículos buscan salir por la calle Jesús, así que, a veces, la situación es realmente desesperante para todos, conductores y viandantes».
Quejas, gruñidos y protestas
Los insultos, las palabras dichas de malos modos, «los dolores de cabeza y los zumbidos de oídos» por los continuos resoplidos de silbato son las secuelas más comunes que deja la situación. «¡Oiga, nosotros también queremos pasar!», le espeta un viandante a uno de los policías locales que regulan el tráfico mientras el agente hace uso de su silbato sin cesar. «¿Qué se cree, que nosotros no tenemos prisa », añade otro, animado al ver que no es el único indignado. «¡Pero si el semáforo está en verde!», le señala otro más con el dedo. «¡Pita, pita! -le abronca finalmente un cuarto de forma chulesca mientras hace ademán de bajar de la acera- Pienso pasar. ¡Será posible! ¡Esto es una vergüenza!».
Todos los días, más o menos, se escenifica el mismo guión. «Hay que entender que se impacientan porque a veces tienen que esperar mucho, es cierto, pero también hay gente que se las trae», comenta uno de los agentes. «Los ves rezar por lo bajo y sabes que están acordándose de toda tu familia -rubrica una policía en tono conciliador-, aunque comprendo que es por la situación y prefiero no hacer ni caso. Es mejor para mi salud».
Otro confiesa que entiende «perfectamente» que «los viandantes se enfaden», pero advierte que no pasa «por el insulto» -hay algunos agentes que dicen soportar «improperios de todo tipo»-. «Me niego a tener que aguantar insultos o faltas de respeto. ¡Sólo faltaba!», reclama uno de los nueve policías locales que organizan el tráfico en esa zona. Es más, reconoce que ha llegado «a multar a peatones porque, pese a estar prohibiéndoles el paso, se tiran a la calzada y cruzan, sin miramiento alguno por nosotros, por nuestra autoridad y, desde luego, menos aún por el resto de peatones que sí que están esperando».
Hasta ahora, llegar a la sanción económica -«son 150 euros del ala, que no es ninguna broma»- es algo que ha sucedido en contadas ocasiones, «tres, si no recuerdo mal», porque los agentes intentan «llamar primero la atención y dejar lo de la multa como último recurso». Sin embargo, «a veces no te dejan otra opción», coinciden.
Nueve vías y un punto de encuentro
La «zona cero», como la han apodado ya los agentes que dirigen allí el tráfico a diario, recoge la circulación que, debido a las obras, vierten nueve calles del centro de Valencia: Colón, Alicante -se ha invertido su sentido habitual por la construcción de la línea T2 del metro-, Marqués de Sotelo, Russafa, Bailén, Barón de Cárcer-San Agustín, San Vicente, Cervantes y Quevedo.
Así las cosas, «la prioridad es sacar el tráfico frente a los peatones». «Hay órdenes directas de dar preferencia a los coches para intentar evitar el máximo embotellamiento posible, pero a veces es imposible», afirma un agente mientras se apresura para acercarse a un turismo que se ha detenido momentáneamente junto a la acera y le indica que debe continuar la marcha para no obstaculizar la circulación.
No obstante, como casi todo en esta vida, «el desespero» va a días. «Lo peor son los martes, que es día de mercado -el mercadillo de Convento Jerusalén- y se monta un follón terrible». Jornadas próximas a fiestas o puentes festivos también son de las que se recuerdan, aunque todos ellos barruntan que lo más duro aún está por llegar: «Navidad va a ser terrible... Y no quiero ni pensar en que haya retrasos y no acaben para Fallas...¡Uf!».