26 de mayo de 2016
26.05.2016

Alimentos milagro: la nueva panacea

26.05.2016 | 04:15

Todo el que haya leído «El Médico», de Noah Gordon, recordará la «panacea universal» que Barber vendía por los pueblos de la Inglaterra medieval; dejemos de lado su composición, pero quedémonos con el afán del ser humano por lograr ese remedio para todos los males que le lleva a creer a cualquier charlatán.

Digo charlatán con el mayor respeto. Y no estoy pensando solo en el genial Dulcamara que, en la ópera de Donizetti de ese nombre, vende a Nemorino el infalible «elisir d´amore» que precisa para enamorar a Adina. Pensaba, más bien, en los charlatanes que recuerdo de mi infancia, profesionales que iban de ciudad en ciudad vendiendo, a fuerza de labia, la más variopinta e insólita mercancía; no elixires de amor ni panaceas universales porque la autoridad competente se ponía muy seria con esas cosas, pero presuntos crecepelos ya vendían.
Todo, naturalmente, «americano»: era lo que vendía entonces. Proclamaban que no iban a pedir por el artículo «ni cuatro, ni tres, ni dos: se lo dejo a un duro, y les regalo un bonito peine de plexiglás». Casi siempre a viva voz, sin megafonías entonces incipientes. O sea: vendían «a capella». Admirables.

Hoy, sus sucesores, con mucha menos gracia que ellos, nos atacan desde la televisión y otros medios, incluidas las redes sociales. La última moda es la de los presuntos nutricionistas que, al revés que unos médicos que hasta ahora nos decían lo que no debíamos comer, nos muestran lo que debemos ingerir si queremos estar sanísimos hasta en el cementerio.

Sus panaceas universales no sirven para curar nada: sería demasiado fuerte. Sirven para prevenir, que es lo que está de moda. Como es natural, sus difusores se apoyan en informes de ignotos científicos y de no menos desconocidas universidades.

Otra diferencia con los clásicos: sus productos no vienen de la degenerada (nutricionalmente hablando) América del Norte. No. Vienen de Asia, a poder ser de la India o de la antigua Indochina: el rollito budista vende mucho, no se hacen ustedes idea. Otro origen habitual de estos alimentos panacea es el altiplano andino, las culturas precolomobinas; la etiqueta de indigenismo (todos somos indígenas de algún sitio, pero parece que hay indígenas que lo son más que otros) también engancha lo suyo.

¿De verdad creen ustedes que hay «alimentos milagro»? Como decía una pariente mía, «se sabría». Desde siempre. Sería como lo que afirma Diana Warburton en su deliciosa «Guía de afrodisíacos»: si existiera un producto infalible en ese terreno, lo estaríamos tomando a diario, así fuesen colas de escorpión.

En fin, como supongo que ustedes quieren estar sanísimos, cuando vuelvan de correr para no llegar a ninguna parte prueben a hacerse una paella en la que sustituirán el arroz por las semillas de un pseudocereal procedente del altiplano andino, la quinoa, a las que colorearán no con azafrán, sino con cúrcuma, producto asiático que tiñe de amarillo y que hasta ahora era eso, un sucedáneo del azafrán de La Mancha. Decorarán con unas piñas de esa coliflor teñida de verde que se conoce como brócoli. Nada de sal, ¿está usted loco? Y nada de grasa; tal vez unas gotas de aceite de sésamo.

Si se animan, evítenme el mal trago de tener que renunciar a su invitación. Una, porque me parece cualquier cosa menos atractiva gastronómicamente; si tengo que tomar, qué sé yo, antioxidantes, prefiero un buen vino. Y dos, porque no me creo nada de nada de todo esto: la panacea universal no existe, como no existe la piedra filosofal.

Pero prepárense: las televisiones les abrumarán con programas al respecto y aparecerán tantos «nutricionistas» como «cocineros». Que, por cierto, está muy bien que se sepan las propiedades de los alimentos que cocinan; pero de eso a considerarse expertos en la materia, como si todos fueran Grande Covián, va un mundo.
Pero, insisto, prepárense: lo verán, salvo que sigan mi consejo y, a la menor alarma, cambien de canal.

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