30 de junio de 2016
30.06.2016
Menús variados

La jovial cerveza

30.06.2016 | 04:15
La jovial cerveza

Era hermoso y rubio como la cerveza, / el pecho tatuado con un corazón, / en su voz amarga, había la tristeza / doliente y cansada del acordeón» («Tatuaje», letra de Rafael de León).

Esta canción popular es ambivalente, según la cante una mujer (Concha Piquer) o un homosexual (Miguel de Molina). Lo propio es que la cante un varón homosexual porque su autor, el gran poeta y aristócrata Rafael de León, lo era.

Ahora que ya estamos en verano, el cuerpo comienza a pedir cerveza. No es de extrañar que en Jericó se bebiera ya cerveza o algo muy similar. Los etnólogos, antropólogos y otros estudiosos del devenir humano encontraron indicios 8.000 años antes de Jesucristo. No la inventaron, pues, los pueblos germánicos del centro de Europa, como a menudo se cree por los millones de litros que consumen, sobre todo los alemanes en ferias como la de Munich. La moda juvenil es consumirla en los macrobotellones sin fronteras y en las murgas decibélicas del rock.
En Jericó, como en Mesopotamia y Egipto, ya saciaban su sed con cerveza. Por tanto, ¿sería un exabrupto imaginar que los israelitas derribaron sus murallas haciendo sonar estrepitosamente sus trompetas, sorprendiendo, borrachos, a sus habitantes? Hay un nexo común entre todos estos países pioneros: el calor. La cerveza va asociada a las altas temperaturas, aunque a los habitantes de los países fríos les sea indiferente el verano o el invierno para beberla.

¿Cómo se explica, pues, que en esos lugares consuman tanta cerveza, aunque a una temperatura más templada que los latinos? Nadie ha encontrado una explicación. Hubo un par de médicos dietistas alemanes (Schulz y Burmesteiz) que publicaron un estudio a partir de una encuesta a más de 84.456 habitantes de Munich y Baviera.

De aquel trabajo (1934) no se dedujo nada convincente. El 17,48% bebía cerveza porque le gustaba, y el resto, sobre todo, porque la cerveza era una fundamental seña de identidad del nacionalismo nazi germánico, y si no que se lo pregunten a Hitler. En1923 organizó un histórico putsch en la cervecería Bürgerbraü Keller (Munich). A mayor abundamiento, esta bebida (muy ideológica) tampoco se entiende sin las salchichas.

La cerveza requiere conocimientos para, primero, seleccionar sus diferentes tipos y fabricaciones, y, segundo, para degustarla convenientemente. Los meridionales son menos exigentes que los pueblos del centro y norte de Europa. En breve, aquí debe estar fría o, como todavía se puede leer en algún bar, «muy fría» o «helada».

Sin ánimo de inmiscuirme en los gustos de los ciudadanos, una cerveza, sobre todo si es de calidad, no se debe beber ni «muy fría» ni mucho menos «helada». ¿Por qué? Porque los matices, la crianza y sus intríngulis desaparecen con el frío. Pero tampoco caliente, como en un saloon del Viejo Oeste.

Si la cerveza es de barril, surge el drama: tirarla bien. Es un arte. Incluye no sólo la sapiencia del barman sino también, y mucho, los aspectos técnicos de todo el entramado: el barril, la presión, el serpentín, el tipo de gas o la espuma.

Asocio la cerveza a una bebida refrescante, alegre, ligera, juvenil, primaveral y veraniega, y no creo que sea para reflexionar en sus sabores primarios, secundarios y terciarios. La cerveza no se piensa, se bebe; la rubia es la ideal.

Sin restarles méritos, las de abadía me resultan demasiado solemnes y plúmbeas, con un trasfondo de incienso y Te Deum. Una cerveza que supere los 5´5º pierde, para mí, su carácter jovial.

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