18 de agosto de 2016
18.08.2016
Al dente

Albariño: de vino joven a vino para jóvenes

18.08.2016 | 04:15
Albariño: de vino joven a vino para jóvenes

Hace más de cuarenta años que viajo cada primer fin de semana de agosto hasta el municipio de Cambados, capital del valle pontevedrés del Salnés, para participar en la Fiesta del Vino Albariño, que este año ha celebrado, bajo un calor verdaderamente sofocante, su sexagésimo cuarta edición.

Hay bastantes diferencias entre los vinos de entonces y los de ahora, a favor, abrumadoramente, de estos últimos. Entonces, los albariños que tanto gustaban a Cunqueiro, que los elogiaba sin reparos, eran vinos de los que uno no podía fiarse: al lado de una botella que resultaba contener néctar de dioses había otra cuyo contenido era verdaderamente imbebible. Vinos sin la menor regularidad, sin garantías.

Se afirmaba, entonces, y hasta no hace mucho, que el albariño era un vino «joven», entendiendo por tal que debía ser bebido en el primer año después de su cosecha; tanto, que la gente rechazaba los albariños de dos años, sin tener en cuenta que, como afirmábamos algunos „muy pocos„, un buen albariño mejoraba en su segundo año, haciendo honor al infalible principio de que el mejor vino es el que más dura.
Se decía, también, que el albariño era un vino que no viajaba, con lo que debía de ser el único gallego que no podía salir de su tierra: había que beberlo allí, y a poder ser dentro de la provincia de Pontevedra, obviando otra norma no menos infalible: si un vino es bueno, es bueno en Cambados y en Samarkanda, en O Rosal y en Oregón; si no, no es tan bueno.

Hace aproximadamente treinta años que las cosas cambiaron. Mucho, y para bien. El despegue coincidió con el establecimiento de la deseada denominación de origen Rías Baixas, que puso orden en la atrabiliaria vitivinicultura de la zona. Desde entonces, los albariños de las Rías Baixas son vinos que gozan del más alto y merecido prestigio en todo el planeta.

Cada año se cuentan por muchos miles los aficionados al albariño que acuden a la cita, haciendo muy difícil transitar por la zona donde se encuentran las casetas en las que las bodegas ofrecen sus vinos. Es, como toda fiesta que se precie, un acto multitudinario. Y este año he visto que la media de esos consumidores era joven, entre veinte y treintañeros, todos ellos con su catavinos de cristal y bebiendo albariño pacíficamente.

Eso me hizo pensar en que el albariño es un vino que parece perfecto para la gente joven, sin que ello quiera decir que los veteranos no sepamos gozarlo. Me refiero a que es un vino que, por sus propias características, resulta de lo más indicado para que un joven se inicie en el conocimiento del vino, cosa que, como ustedes ya se figuran, requiere de más práctica que teoría, aunque ésta también sea necesaria.
Vinos con un punto de acidez que subraya la sensación de frescor que produce su paso por la boca. Vinos que se beben con facilidad, y que además se beben fresquitos: entran muy bien. Vinos que no resultan complejos, aunque haya quienes se empeñen en complicarlos; son vinos que quieren hacerse entender, y lo logran con total naturalidad.

Vinos que están presentes en todo el planeta, y que han cambiado, y cómo. A finales del siglo pasado, la enóloga Ana Isabel Quintela y la bodeguera Soledad Bueno lanzaron al mercado un vino que había pasado treinta y seis meses evolucionando en depósito de acero inoxidable: un bombazo, un vino grandísimo, a la altura de los blancos más prestigiosos del mundo. Un vino que dejaba obsoleta para siempre esa absurda creencia de que los albariños eran vinos para consumir en el año y en su región de origen.

Este año hemos catado „para mí son ya veintinueve años consecutivos como miembro del jurado de cata„ la añada del pasado 2015. Vinos, como casi siempre, alegres, cantarines, amigos. Deliciosos ahora, cuando son apenas adolescentes; yo les aconsejaré beberlos durante todo el año que viene, Y mientras, los futuros «tercer año», la aristocracia del albariño, espera en el acero el momento de pasar a botella: hay que esperar aún por ellos. Pero la espera vale la pena.

Son los vinos del fin del mundo y, con los de Sanlúcar de Barrameda, tan diferentes, los auténticos vinos del mar; en un albariño de las Rías Baixas es apreciable un puntito de salinidad, como sucede en una buena manzanilla: es lo que tiene nacer y criarse junto al océano Atlántico: imprime carácter, aunque el vino sea de origen mediterráneo.

Se acabó la LXIV Festa do Albariño. En pocas semanas se estará vendimiando la añada del 2016, que cataremos en agosto del año que viene. Ojalá que los dioses sigan sonriendo al esfuerzo de todos quienes cosechan y elaboran los albariños de las Rías Baixas, vinos que, si sirviera de algo, que lo dudo, yo mismo declararía patrimonio de la humanidad: ya lo son.

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