La ley de Memoria Democrática que prepara el Gobierno y que llevará a las Cortes en las próximas semanas para ser aprobada, que sustituye a la fracasada Ley de Memoria Histórica de José Luis Rodríguez Zapatero nace nuevamente sin el consenso de todas las fuerzas políticas y, por tanto, abocada al fracaso. El PP y Vox ya han anunciado que la derogarán si llegan al Gobierno.

Una ley que solo busca reparar el daño a las víctimas de uno de los bandos, no es una ley democrática sino sectaria y partidista.

Es necesaria una ley que nazca del consenso y que tenga en cuenta a todas las víctimas.

La Guerra Civil ha sido, sin duda, el episodio más sangriento de nuestra historia reciente.

En el espíritu inicial de la Ley de Memoria Histórica de 2007 se hablaba de las víctimas de los dos bandos. Inmediatamente  se politizó porque la izquierda no ha entendido esta ley como un texto para la concordia y la reconciliación sino para la confrontación y para reabrir viejas heridas.

En este sentido, la Transición española fue un ejemplo de modelo de convivencia. Es obvio que los políticos de ahora no son como los de entonces. Figuras como: Dolores Ibárruri, Santiago Carrillo o Manuel Fraga Iribarne, supieron ponerse de acuerdo en un momento especialmente difícil. Acababa una dictadura y comenzaba un periodo democrático que ha traído a este país los mayores logros sociales y de paz en mucho tiempo.

Que todos los muertos tengan una sepultura digna y se ayude a recuperar los restos de cientos de represaliados por el franquismo  que yacen en las cunetas o en fosas comunes es desde un punto de vista humano algo que se debería haber hecho hace mucho tiempo y no debería ser objeto de discusión por parte de nadie. Pero de la misma manera se debería hablar de todas las víctimas porque no solo el franquismo fusiló, también durante la Guerra Civil, los republicanos y anarquistas asesinaron y fusilaron a gente inocente. Entre esta gente inocente estaban mi abuelo, José Simó Marín que fundó La Paduana,  su hermano Manuel Simó Marín, abogado, dos de sus hijos (José y Eduardo Simó Attard) y  un tío mío, Gabriel Simó Aynat, que tan solo tenía 15 años cuando lo pusieron delante de un pelotón de fusilamiento. Todos fueron fusilados en el picadero de Paterna en octubre del 36, apenas unos meses después de comenzar la Guerra Civil. Mi padre que tenía entonces 13 años fue detenido y encarcelado en una checa de las Torres de Quart. Le daban palizas a diario para que dijera donde se encontraba su hermano José Simó Aynat. Afortudamente nunca lo encontraron sino hubiera acabado delante de un pelotón de fusilamiento como el resto de la familia.

Esta es mi historia personal, pero existen otras muchas igual de terribles. Por eso es importante cerrar este trágico episodio que fue la Guerra Civil española con una ley que reconozca el dolor de todas las víctimas.