El manifiesto, por no llamarlo de otra manera, que han firmado un centenar de representantes del mundo de la cultura como cineastas, cantantes, actores, comunicadores, políticos o sindicalistas en apoyo a Pedro Sánchez y su Gobierno, casi los mismos nombres que en su momento apoyaron a José Luis Rodríguez Zapatero deja en muy mal lugar a la cultura en este país que siempre ha querido ser monopolizada por la izquierda. Un apoyo incondicional en el contexto actual con un Gobierno maniatado, incapaz de aprobar leyes, la última ha sido el decreto “antiapagones” que ha sido tumbado con los votos de PP, Vox, Junts y Podemos y acorralado por la corrupción, acaba por sonar menos a un ejercicio de compromiso cívico que a un acto de fe desesperado. Y es lo que parece sobre el papel. Un acto de fe desesperado al líder supremo: Pedro Sánchez, como antes lo fue a Rodríguez Zapatero, el peor presidente del Gobierno que ha tenido España, que sigue pontificando sobre la democracia en los platós de la televisión amiga, mientras apoya la dictadura de Venezuela y a Nicolás Maduro.
Ser progresista o incluso votante convencido del PSOE no debería implicar renunciar a la crítica, especialmente cuando hay casos de corrupción que afectan directamente a miembros del Gobierno o del entorno familiar de Pedro Sánchez. De todas las personas que han firmado este manifiesto, me sorprende sobremanera el nombre de Joan Manuel Serrat por el que tengo por una persona. además de la que admiro, con criterio y espíritu crítico. No me sorprende ver la firma de Ana Belén, Miguel Ríos, Juan Diego Botto, los Bardem o el cineasta Pedro Almodóvar, algunos con residencia fuera de España, pero sí la de Joan Manuel Serrat. Estómagos agradecidos que reciben subvenciones millonarias y que temen que un Gobierno de derechas les retire esas ayudas.
El manifiesto repite los mismos argumentos del Gobierno, criticando al sistema judicial y a los medios de comunicación, como si el caso de Santos Cerdán, Koldo y Ábalos fuera un bulo inventado por la prensa de derechas.
No hay nada más democrático que convocar unas nuevas elecciones y que los ciudadanos decidan con su voto.
Quizá el mayor servicio que la cultura puede prestar hoy a la sociedad no sea aplaudir sin matices, sino ayudar a pensar, a dudar,a preguntarse. Porque la cultura tiene fuerza precisamente cuando mantiene la distancia crítica: cuando se atreve a incomodar también a los suyos y no solo a los otros.