Las redes sociales se han convertido, de nuevo, en un estercolero vomitivo donde la mayoría de las veces desde el cobarde anonimato celebran y jalean la muerte de Charlie Kirk, el activista conservador estadounidense, amigo de Donald Trump, asesinado mientras participaba en una charla con estudiantes de la Universidad del Valle de Utah.
Miserables que celebran la muerte de una persona por sus ideas políticas, de las que se puede discrepar abiertamente, pero que nunca justifican la muerte de un ser humano.
Hemos escuchado declaraciones de políticos calificando aCharlie Kirk de fascista y promotor del neofascismo, como escribe un tal Ignasi Guardans, colaborador de La Ser, donde llega a decir que “al menos por ahora nada justifica la violencia contra esos miserables”.
Discursos muy peligrosos que incitan claramente a la violencia y a justificar la muerte de un rival político.
Las ideas de Charlie Kirk nos podrán gustar más o menos, podremos estar de acuerdo con ellas o no, pero tenía todo el derecho a expresarlas en libertad. Como recuerda el filósofo, José Antonio Marina, no todas las opiniones son respetables, pero sí lo es siempre el derecho a exponerlas. Ese es el fundamento de una sociedad libre y democrática.
A Charlie Kirk le gustaba debatir y confrontar ideas. Era un activista que había conectado muy bien con la juventud americana. De hecho, fue asesinado durante una charla con estudiantes que le formulaban todo tipo de preguntas. Estoy totalmente de acuerdo con José Antonio Marina que no todas las opiniones son respetables. Hay opiniones racistas, misóginas, homófobas, xenófobas, blasfemas o que legitiman la violencia. Pero sí creo en el derecho a la libertad de expresión.
A Kirk la prensa de izquierdas lo ha tildado de “fascista”, “racista”, “ultraconservador”, “ultraliberal”, “xenófobo” por defender un ideario político conservador. La etiqueta de fascista se pone a quien opina de manera diferente. Yo no estaba de acuerdo con muchas de las ideas que defendía Charlie Kirk, como el aborto, la crisis climática o la inmigración, pero eso forma parte de la discrepancia y el debate político que siempre debe regirse por la palabra, nunca por la violencia. Si renunciamos a esa premisa, dejamos de convivir en democracia.
Un país donde la gente tiene libertad para comprar armas sin restricción, y donde tantos justifican y celebran el asesinato del adversario político, es una auténtica bomba de relojería. Charlie Kirk estaba dramáticamente equivocado en este punto. Terror.
No he escuchado al Gobierno condenar el asesinato. Tampoco se han convocado manifestaciones de protesta por el terrible asesinato. Un silencio que, como ciudadano, me preocupa. Este contraste resulta aún más evidente si lo comparamos con la rapidez con la que se han producido condenas y movilizaciones en otros casos de violencia política o ataques a figuras públicas, y pone de relieve cómo ciertos asesinatos son tratados de manera desigual según la orientación política de la víctima.