El portavoz de ERC, Gabriel Rufián, tuvo el otro día en el Congreso de los Diputados, al inicio de su intervención, unas palabras de ánimo y fuerza para Borja Sémper, quien se encuentra bajo tratamiento médico tras anunciar que padece cáncer. Él mismo lo comunicó previamente a los medios de comunicación para evitar conjeturas.

Este gesto dignifica la política en un momento de alta polarización, en el que el ataque contra el adversario político traspasa a menudo los límites de la crítica legítima, dando la impresión de que todo vale.

No sé si otros parlamentarios han tenido palabras de apoyo para el que fuera portavoz del PP, pero es de agradecer que, en esta ocasión, haya sido Gabriel Rufián, habitualmente muy crítico con el PP, quien haya tenido ese gesto de humanidad y cercanía.

Quienes seguimos de cerca la actualidad política estamos cansados de escuchar continúas  faltas de respeto en el Congreso de los Diputados, donde parece haberse perdido cualquier límite en cuanto a educación y cortesía parlamentaria. Es un espectáculo bochornoso que no se merece la ciudadanía.

Yo, que ya tengo algunos años, el próximo mes de enero cumpliré 63, recuerdo los debates entre formaciones políticas totalmente antagónicas -como la UCD, Fuerza Nueva, el PSOE, el PP o el PCE- en los que la confrontación se centraba en las ideas y no en el ataque personal. Y créanme que eran duros.

Hoy resulta casi  imposible seguir un debate sin que aparezcan referencias personales, descalificaciones o  insultos hacia el adversario político. La aparición de formaciones como Vox o Podemos han contribuido a que la sede de la soberanía popular, que es el Parlamento, se haya convertido en un circo.  Hemos visto cómo el presidente o la presidenta de la Cámara ha tenido que llamar al orden a sus señorías e incluso expulsarlas del hemiciclo. A veces uno tiene la impresión de estar en un patio de colegio, donde el profesor amonesta a los alumnos que no guardan la compostura en la clase. Pero no es un colegio: es la sede de la soberanía popular. Se han pedido las buenas formas. Pensar de manera diferente no debería implicar perder el respeto ni la buena educación.

Recuerdo aquellos tiempos con cierta añoranza, que, sin duda, ya no volverán.

Aunque estoy en las antípodas ideológicas de Gabriel Rufián y de su partido, es justo reconocer que, en esta ocasión, ha estado a la altura de lo que se espera de un representante público: simplemente un gesto de humanidad. Tampoco es mucho pedir, ¿no?

Lo que debería ser algo normal, es decir, que un parlamentario exprese cercanía con otro, le transmita cariño y ánimo, especialmente cuando se trata de la salud, y al margen de las diferencias ideológicas,  se ha convertido en algo excepcional.