Según la RAE, el verbo reventar significa deshacer o desbaratar algo aplastándolo con violencia. En esos términos se refería Ione Belarra, sin inmutarse lo más mínimo, en el Congreso de de los Diputados, dirigiéndose al presidente del Gobierno con un “plan para reventar a la derecha”, con propuestas para reformar el CGPJ, como ya hicieron en RTVE para dejar fuera a los populares. Un lenguaje que no busca convencer ni construir, sino señalar al adversario como enemigo a abatir. Un nuevo capítulo en la deriva retórica que, desde hace años, alimenta la polarización en España.
Me pregunto qué habría ocurrido si esa misma amenaza se hubiera lanzado desde los escaños de Vox.
Es el mismo mensaje de matón de barrio que utiliza el cofundador de Podemos, Pablo Iglesias. Discursos profundamente antidemocráticos que lo único que consiguen es a polarizar aún más a una sociedad española ya de por sí muy tensionada.
Esa democracia que ahora la señora Belarra critica con tanta vehemencia es la misma que le ha permitido ser ministra del Gobierno de España y que ha garantizado que su grupo esté representado en el Parlamento español.
Son mensajes repletos de odio que buscan la confrontación entre españoles, como ocurrió en el 36. Llamamientos que recuerdan tiempos pasados, ahora que precisamente se cumplen 50 años de la muerte del dictador Francisco Franco.
Eso explica, en buena parte, por qué están creciendo los extremos a un lado y al otro. Deberían preguntarse- en lugar de lamentarse- por qué Vox crece tanto, sobre todo entre los más jóvenes. Estos días hemos visto a grupos de neonazis desfilando por Madrid, brazo en alto, cantando el Cara al Sol. Ninguno ha vivido la dictadura ni sabe realmente quién fue Franco. En San Mamés, durante un partido de fútbol amistoso entre la selección de Euskadi y Palestina, se escucharon canticos contra el Estado español. Un estadio de fútbol convertido, una vez más, en escenario político. No es un fenómeno nuevo, pero sí un síntoma más de una fractura emocional que se agrava y se normaliza.
La sociedad española, en su enorme mayoría, no desea esa confrontación.
Estamos volviendo a las “dos Españas” de las que hablaba Antonio Machado.
Conviene recordar algo esencial que los radicales olvidan con inusitada frecuencia: la alternancia en el poder es la base de cualquier democracia pluralista. Y España lo es, pese a algunos. Si fue legítima la mayoría parlamentaria- porque en un sistema parlamentario como el español no gobierna quien gana las elecciones, sino quien consigue sumar una mayoría suficiente- que permitió a Pedro Sánchez gobernar con el apoyo de fuerzas independentistas y de Podemos —premiando a este último con una vicepresidencia y varios ministerios—, igual de legítimo será cualquier gobierno que en el futuro pueda formar una mayoría alternativa con el PP y Vox. Así funciona un sistema parlamentario.
España necesita bajar el volumen. Los políticos, sin embargo, parecen empeñados en subirlo, sin evaluar los riesgos que ello comporta. Mientras no se abandone la lógica de “reventar” al adversario —venga de donde venga—, seguiremos atrapados en un bucle de extremos que ensancha la distancia entre ciudadanos y debilita los consensos básicos que han sostenido nuestra democracia durante décadas, sustentados siempre en el diálogo y el acuerdo.