El Hotel Astoria tuvo durante muchos años una peluquería. Estaba en la primera planta del edificio y ocupaba una de sus habitaciones. Recuerdo que había un gran ventanal que daba a un patio interior. En la mesa de entrada, al igual que en las consultas del dentista, se amontonaban las revistas del corazón con ejemplares atrasados.

Mi padre era un cliente habitual. Iba a hacerse la manicura y a arreglarse el bigote. Mi primer corte de pelo, cuando yo era muy pequeño, también me lo hicieron allí. Lo supe porque me lo contó Luis, uno de los peluqueros, que además solía recordarme una anécdota que le hacía gracia y que conservo con mucho cariño. A la peluquería venía a menudo un limpiabotas, pero yo nunca le llamaba así porque me parecía un término despectivo; prefería decirle “zapatero”. Debía tener  ocho o diez años entonces. Luis  decía que aquello era propio de alguien con buenos sentimientos.

Mucho tiempo después lo encontré trabajando como encargado en un parking, y todavía se acordaba de mí.

Como  era un niño bastante revoltoso e inquieto, a veces me dejaban salir al patio para que se me pasara la energía que llevaba acumulada desde casa y pudiera volver a entrar sin ponerlo todo patas arriba.

Para conseguir que te atendieran había que reservar con antelación por teléfono- entonces no había ni móviles ni internet-  porque era una peluquería muy concurrida, no solo por los clientes del hotel, sino también vecinos y conocidos de toda la vida. Incluso actores, políticos, toreros y cantantes que pernoctaban en el Hotel. Allí he visto a Víctor Manuel y Ana Belén, Concha Velasco, Mary Santpere, Camilo Sesto o Enrique Ponce. Políticos como José María Aznar han dando conferencias en alguno de sus salones.

 Rafa, Luis y Ana llevaban el negocio con una profesionalidad que hoy echo de menos. Ana, que además era  campeona de esgrima, iba solo un par de veces a la semana a hacer la manicura a los clientes.

Estuve un tiempo largo sin ir, hasta que más tarde volví de nuevo. Empecé un tratamiento anticaída a base de minoxidil, pero lo abandoné porque me provocaba taquicardias debido a sus efectos secundarios, según me dijeron. Me aplicaban el producto con un masejador que me dejaba superrelejado, al igual que cuando me lavaban el pelo.

Mis visitas a la peluquería solían convertirse en largas charlas con Luis, que tenía palabra para todo. Igual te hablaba de toros, de fútbol o de política. Por entonces yo acababa de empezar Periodismo, así que cada conversación con él me parecía una pequeña entrevista improvisada.

A veces todavía hoy, y pese al tiempo transcurrido, me parece escuchar el  tintineo de las tijeras, o la risa de mi padre desde una de aquellas sillas que parecían auténticos pedestales. Iban provistos de una palanca que se accionaba con el pie y permitía subir o bajar la altura. El babero que te ponían alrededor del cuello que muchas veces te apretaba, pero servía para evitar que el pelo se colara por la ropa y provocara picores.

Luis estuvo muy delicado de salud hasta que finalmente falleció. Su hijo Javier  cuando cerró la peluquería del Hotel Astoria, abrió su propio negocio en la calle Sorní. Desconozco si todavía continúa abierto, porque hace mucho tiempo que no paso por allí.