En este país no se puede hablar de denuncias falsas en casos de violencia de género porque enseguida te tachan de machista y de fascista. Eso mismo le ha ocurrido a Juan Soto Ivars durante la presentación de su libro en Sevilla.
Conozco de cerca una situación de este tipo, sufrida por un amigo al que la justicia acabó dando la razón tras años de procesos.
El periodista y escritor, Juan Soto Ivars se ha atrevido a abordar este asunto de forma valiente en su nuevo libro “Esto no existe”.
Estos días está de presentación por varias ciudades españolas y ha sido en Sevilla donde han tratado de boicotear el acto. Por suerte se pudo celebrar. La mayoría de las personas que allí había concentradas a las puertas de la biblioteca seguramente no habrán leído el libro como ocurre habitualmente en este tipo de protestas.
No hemos visto a estos colectivos feministas manifestarse contra la ley del “solo sí es sí” que ha rebajado la pena y dejado en la calle a cientos de violadores y pederastas, ni tampoco para condenar los presuntos casos de abusos sexuales cometidos por Paco Salazar, colaborador cercano del Gobierno, silenciados desde el mismo PSOE.
El libro de Soto Ivars no niega la existencia de la violencia de género. Al contrario: reconoce su gravedad. Pero también plantea que el fenómeno de las denuncias falsas —aunque oficialmente se considera minoritario— las cifras oficiales hablan de que solo representan el 0,001% de las denuncias, merece ser analizado con más profundidad y sin prejuicios, porque sus consecuencias pueden ser devastadoras para quienes la sufren. Habla de hombres que han visto sus vidas paralizadas durante años, padres alejados de sus hijos por decisiones provisionales que luego se revertieron y familias enteras afectadas por procesos judiciales muy largos. Incluso menciona casos extremos que han terminado en suicidio.
El tema requiere ser abordado fuera de los prejuicios ideológicos y de sectarismos.
Se actúa y se legisla contra la presunción de inocencia del hombre. Recojo estas palabras de la nueva fiscal general del Estado, Teresa Peramato, donde aseguró estar trabajando para hacer prevalecer que el “silencio del investigado” en delitos de violencia de género pueda considerarse ”un indicio más de su culpabilidad”. Llegó incluso a sugerir que un derecho fundamental que asiste a cualquier acusado, como es el derecho a no declarar- podría ser utilizado como argumento incriminatorio. Esta idea supone un giro preocupante, ya que invierte la carga de la prueba y convierte un derecho de defensa en un factor sospechoso.
Si aplicáramos este mismo razonamiento, la negativa del fiscal general del Estado a responder a las preguntas de las acusaciones durante su declaración en el Supremo podría interpretarse, de forma igualmente errónea, como una “admisión indirecta” de su responsabilidad penal. La presunción de inocencia no puede depender del tipo de delito ni del perfil del acusado. De lo contrario, deja de ser un principio jurídico para convertirse en un criterio político.
Siete años de trabajo de investigación, con datos contrastados y documentos oficiales, el libro de Soto Ivars, que ya va por la cuarta edición aborda un tema tabú en la España actual con los movimientos feministas.
Se ha dicho reiteradamente y de forma torticera que las denuncias falsas solo representan el 0,00001% de los casos cuando la realidad desmiente estas cifras, como demuestra en su libro Soto Ivars. Reconocerlo no implica en modo alguno negar la violencia de género.
Como señala la periodista e historiadora Gema Lendoiro, lo que plantea Soto Ivars no es un rechazo al feminismo real ni una negación de la violencia machista, sino una invitación a revisar aspectos del sistema judicial que podrían mejorarse. Quienes reaccionan con hostilidad no defienden necesariamente a las mujeres: en muchos casos, defienden una narrativa que no admiten que se cuestione.
Las denuncias falsas son una realidad. Existen, y negarlo no ayuda a nadie: ni a las víctimas reales ni a quienes sufren las consecuencias de una acusación injusta.