Existe una fórmula que los dos grandes partidos mayoritarios, el PP y el PSOE, descartan  para aislar a la ultraderecha y que, sin embargo,  en otros países, como Alemania o Francia ha funcionado: la gran coalición para evitar que gobiernen los populismos. En Alemania, socialdemócratas y democristianos han gobernado juntos mediante este tipo de acuerdos durante años.

La izquierda alerta del peligro que representa Vox para la convivencia, los derechos sociales y la igualdad, pero cuando está en su manoque ese peligro se traduzca en poder real, no lo hace y no aplican el cordón sanitario del que tanto hablan.

¿Por qué el PSOE no se abstiene en Extremadura o Aragón, donde el PP ha sido la lista más votada, y permite que gobiernen los populares? La sola abstención de los socialistas bastaría para que el PP no dependiera de Vox.

La sola idea de un gran pacto entre los dos grandes partidos resulta  impensable, aunque ambos sumen 258 diputados de un total de 350, es decir, casi el 75% del total de la Cámara, exactamente el 73,71%. Con esa mayoría abrumadora podrían afrontarse reformas de calado, dar estabilidad al país y enviar un mensaje claro de que la democracia española es más fuerte que sus extremos

En España no existe tradición de pactos de Estado, como sí ocurre en Alemania o Francia desde la posguerra. La política española vive atrapada en la lógica del bloque, en el cálculo electoral permanente, en el tacticismo político y en una polarización que premia el ruido y castiga los consensos.

El PSOE prefiere buscar acuerdos a su izquierda con independentistas y con  la izquierda radical antes que sentarse a negociar con el PP. Ni siquiera en los grandes temas de Estado son capaces de ponerse de acuerdo.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el jefe de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, llevan meses sin reunirse y, cuando se produce un encuentro se presenta como una gran noticia, cuando lo normal en un país democrático es que esas reuniones sean frecuentes entre los dos principales líderes políticos. Hemos normalizado lo que no debería ser normal, como que el presidente del Gobierno gobierne sin Presupuestos Generales del Estado, incumpliendo la Constitución.

España necesita estabilidad política, gobernar con PGE y no depender de un fugado de la justicia que desde Waterloo marca la agenda del presidente del Gobierno.

Cuando el PSOE era un partido de centroizquierda y el PP de centroderecha, ambos han derivado hacia los extremos,  los acuerdos de Estado no solo eran posibles, sino relativamente habituales. Existía una conciencia compartida de que, más allá de la legítima confrontación ideológica, había cuestiones esenciales —la política exterior, la lucha contra el terrorismo, el modelo institucional, territorial o la economía— que exigían entendimiento y lealtad mutua. Hoy esa lealtad institucional se ha perdido y en su lugar domina la crispación, los bulos y la desinformación. El lenguaje se ha envilecido y la forma de hacer política también. Las sesiones en el Congreso de los Diputados son buena prueba de ello y si pensamos en la Asamblea de Madrid, aún es más evidente.