Como informaba el Periódic d’Ontinyent en su edición de este viernes, y lo llevaba a portada el próximo lunes los telares de Tèxtils Mora se detendrán definitivamente después de más de 60 años de frenética actividad industrial.
Tras varios intentos para salir a flote, tras la reconversión en Sociedad Anónima Laboral (SAL), bajo el gobierno de Joan Lerma, la empresa trató de adaptarse a los nuevos tiempos y garantizar su continuidad. Fueron años de esfuerzo, de ajustes y de compromiso por parte de trabajadores y dirección para mantener viva una actividad que formaba parte de la identidad industrial de la ciudad.
Sin embargo, las dificultades estructurales del sector, la presión del mercado y un entorno cada vez más competitivo terminaron por hacer inviable un proyecto que durante décadas fue sinónimo de calidad y tradición.
Creada en 1963 por los hermanos Gonzalo y Pascual Vidal Mora, en pleno boom industrial ,la empresa se convirtió en un referente del textil en Ontinyent, junto a otras empresas del sector como VS, Manterol o Paduana.
Ontinyent, como en su día lo fue Alcoi, fue conocida mundialmente por su potente industria textil. Durante décadas, sus mantas formaron parte del ajuar de millones de hogares españoles. Mantas que eran sinónimo de calidad. Las empresas apostaban por potentes campañas de publicidad, tanto en televisión como en cine, en una época en la que un anuncio de 30 segundos en horario de máxima audiencia costaba un auténtico dineral. Eslóganes que han permanecido en la memoria colectiva como “Mantas Mora, calor que no pesa” o “Mantas Paduana, noches de confort”.
Fueron empresas que, por primera vez, abrieron mercados en el exterior, especialmente en países de Oriente Medio, donde el textil valenciano logró una fuerte implantación.
Todo aquel esfuerzo de empresarios y trabajadores permitió dar a conocer sus productos en un mercado que, por entonces, no estaba tan globalizado como el actual ni la competencia era la misma.
En tiempos de la posguerra, la mayoría de las casas no tenían calefacción y no estaban acondicionadas para el frío. La manta encontró entonces su verdadera razón de ser en los hogares españoles, convirtiéndose en un elemento imprescindible para combatir los duros inviernos. No era n simple complemento, sino una necesidad básica. En ese contexto, la industria textil supo responder a una demanda creciente, ofreciendo productos resistentes, cálidos y sobre todo duraderos. No existe otro producto que dure tanto como una manta.
Luego vinieron tiempos difíciles para el sector. A muchas empresas, el fenómeno de la globalización les pilló con el pie cambiado. La aparición de nuevos productos, como el edredón nórdico; la fuerte competencia asiática, con una mano de obra mucho más barata, y la falta de relevo generacional, por citar solo alguna de las causas, fueron minando poco a poco la fortaleza de un modelo industrial que durante décadas había sido sólido y competitivo.
El mercado cambió a una velocidad vertiginosa. Los hábitos de consumo evolucionaron, los márgenes se redujeron y la presión de los precios obligó a muchas firmas a replantear su estructura o, en el peor de los casos, a echar el cierre. Aquella industria familiar, arraigada al territorio y con una fuerte identidad local, tuvo que enfrentarse a un entorno cada vez más global, exigente y deslocalizado.
No todas pudieron adaptarse. Y cada cierre fue dejando un vacío no solo económico, sino también social y emocional en la ciudad.