Medios de comunicación y tertulias con analistas políticos han abordado estos días la propuesta de alianza de la izquierda que plantea Gabriel Rufián para frenar el auge de la extrema derecha.
Sin embargo, a la ultraderecha no se la combate con eslóganes de trinchera guerracivilistas del estilo “No pasarán” o apelaciones constantes a la “batalla contra la derecha”, sino con argumentos sólidos, políticas eficaces y una necesaria renovación ideológica acompañada de autocrítica. Ernest Urtasun, Mónica García, ni una sola palabra a la huelga de médicos que afecta a su ministerio, Rita Maestre, Antonio Maíllo, Emilio Delgado y Gabriel Rufián. Ni una cara nueva. Siguen apalancados en sus escaños mientras la izquierda se hunde. Ninguno de ellos se ha planteado irse y que entre gente joven con nuevas ideas. Son las mismas personas, en los mismos partidos y con el mismo discurso.
En una democracia sana no se persigue a nadie por sus ideas. Si Vox se ha convertido en la tercera fuerza política con más de 3 millones de votos y una tendencia al alza, la pregunta no debería ser cómo “frenar” a sus votantes, sino por qué una parte significativa de la ciudadanía opta por esa opción.
Resulta llamativo que quienes durante años señalaron el bipartidismo como origen de todos los males apelen ahora a la unidad de un mismo bloque electoral que aglutine a todas las fuerzas de izquierdas.
Hablan de fascismo y de autoritarismo desde posiciones como el propio Rufián defendió (“soy republicano, independentista y marxista-leninista) ¡ahí es nada! Al comunismo y no solo al fascismo se le debe combatir como lo que realmente es. Una forma de totalitarismo que trajo miseria, pobreza y millones de muertos bajo el régimen comunista. Hacer el saludo nazi o levantar el puño deberían estar prohibidos.
La izquierda sigue instalada en el pasado, con el mismo lenguaje y con el mismo discurso ideológico y de odio hacia la derecha. Es el mismo mensaje con las mismas viejas ideas. Pura retórica, vacía de contenido.
Recordemos lo que decía Largo Caballero, histórico dirigente del PSOE y de la UGT, presidente del Consejo de Ministros durante la Segunda República: “La clase obrera debe adueñarse del poder político, convencida de que la democracia es incompatible con el socialismo, y como el que tiene el poder no ha de entregarlo voluntariamente, por eso hay que ir a la Revolución". Una declaración de intenciones.
En una democracia sana no se “frena” a la gente por sus ideas, se debate con ellas con argumentos y al final son los ciudadanos con su voto quienes deciden de forma democrática. La política democrática no consiste en “frenar” ideas, sino en confrontarlas con argumentos y dejar que sean los ciudadanos quienes decidan libremente con su voto. Hemos escuchado a activistas que se las dan de analistas políticas como Sarah Santaolalla, colaboradora habitual de RTVE, no solo existe Vito Quiles, llamar “idiotas” a los votantes de PP y Vox.
Rescato aquí unas palabras de Soraya Sáenz de Santamaría en un cara a cara con Gabriel Rufián: “El mejor termómetro de la calidad de la democracia es el trato que se da al discrepante”. En esa idea reside el núcleo del pluralismo democrático.
La extrema izquierda, dejemos de emplear el eufemismo de izquierda a la izquierda del PSOE, que es lo que es Sumar, ERC, EH Bildu, Compromís, BNG, IU y Podemos, lo que pretende es acallar la voz del discrepante, como si votar a la derecha o a la extrema derecha fuera una lacra que hay que extirpar. Estos partidos que llevan en el Gobierno siete años apoyando a Pedro Sánchez son los responsables del auge de la extrema derecha. Por sus nefastas políticas en cuestiones como vivienda, agricultura o violencia de género. En lo que llevamos de año son diez ya las mujeres asesinadas a manos de sus parejas o exparejas. La ley del “solo sí es sí” , aprobada bajo el Gobierno de Pedro Sánchez con Irene Montero como Ministra de Igualdad dejó en la calle y rebajó la pena a centenares de violadores y pederastas.
Defender la democracia significa aceptar el pluralismo en toda su complejidad, incluso cuando incomoda. España ha avanzado gracias a esa convivencia entre diferentes, no a pesar de ella. Si queremos preservar ese equilibrio, quizá el camino no sea levantar más muros retóricos, sino escuchar más y argumentar mejor.