La ministra de Trabajo y vicepresidenta segunda del Gobierno, Yolanda Díaz, ha anunciado que no será candidata en las próximas elecciones generales previstas para 2027. Con esta decisión, la impulsora de Sumar da un paso atrás en un momento especialmente delicado para el espacio político a su izquierda, marcado por la fragmentación interna, la pérdida de apoyo electoral y la ausencia de un liderazgo claro.

Su ausencia durante la presentación de la alianza de izquierdas encabezada por Gabriel Rufián y Emilio Delgado despertó todo tipo de conjeturas sobre su implicación futura en la política.

Díaz, militante del PCE, siglas a las que no ha renunciado,  llegó al Gobierno como una figura con perfil técnico y capacidad de negociación. Su principal logro al frente del Ministerio de Trabajo fue la reforma laboral acordada con sindicatos y patronal, fruto del diálogo social y aprobada en el Congreso pese al voto en contra del Partido Popular. Aquella reforma fue presentada como un hito por el Ejecutivo al recuperar la negociación colectiva y limitar la temporalidad, y consolidó la imagen de Díaz como una dirigente capaz de alcanzar consensos amplios.

Sin embargo, su estrategia de concertación sufrió desgaste con el paso del tiempo. La subida del salario mínimo interprofesional sin acuerdo con la patronal marcó un punto de fricción relevante. Aunque el incremento del SMI fue celebrado por los sindicatos y por su electorado, supuso la ruptura de la unanimidad en la mesa de diálogo social, debilitando uno de los pilares que habían sustentado su liderazgo: la búsqueda constante de consenso entre trabajadores y empresarios.

En el plano político, el proyecto de Sumar nació con la ambición de reagrupar a las fuerzas progresistas a la izquierda del PSOE y superar las divisiones heredadas del ciclo anterior. No obstante, las tensiones internas, los desacuerdos estratégicos y la competencia entre distintas formaciones territoriales han dificultado la consolidación de un liderazgo sólido. Los resultados electorales posteriores no cumplieron las expectativas iniciales, lo que aceleró el desgaste.

Considerada por algunos como la mejor ministra de Trabajo de la democracia española, en su haber se encuentra haber reducido el desempleo por debajo del 10%. Aunque aún no sepamos la lista de fijos discontinuos que no se contabilizan en las listas oficiales de paro, un aspecto que genera debate sobre la interpretación real de las cifras oficiales. Durante la pandemia puso en marcha los famosos ERTE, que aunque no fue capaz de explicarlos, supuso un balón de oxígeno para muchas empresas que en otra circunstancia se hubieran obligado a cerrar.

Especial relevancia tuvo su distanciamiento de Pablo Iglesias, figura clave en la etapa anterior del espacio político representado por Podemos. Iglesias pasó de definirla como la próxima presidenta del Gobierno a un enfrentamiento brutal que supuso la ruptura total. El choque reflejaba diferencias de enfoque: Iglesias defendía un modelo más confrontativo y polarizador, mientras que Díaz apostaba por la transversalidad, la moderación discursiva y la institucionalización del proyecto. Esa divergencia estratégica terminó evidenciando la dificultad de articular una dirección común.

La retirada de Díaz abre ahora varios interrogantes: quién asumirá el liderazgo de Sumar, aunque ya suenan algunos nombres como Ernest Urtasun o Rita Maestre,  si se producirá una nueva recomposición del espacio político o si parte de ese electorado migrará hacia el PSOE u otras opciones. En cualquier caso, su salida simboliza el fin de una etapa en la izquierda alternativa española, marcada por la transición desde la política de la confrontación hacia un intento —no plenamente consolidado— de política de acuerdos.