El presidente de EEUU, Donald Trump, y el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, solo entienden el lenguaje de las armas. Lo hicieron en Gaza y ahora lo han vuelto a hacer en Irán, en una escalada militar que vuelve a colocar a Oriente Medio al borde de un conflicto regional de consecuencias imprevisibles.
Sin contar con el respaldo del Congreso ni un consenso sólido en la opinión pública estadounidense, Trump ha involucrado nuevamente a EEUU en un nuevo conflicto militar en Oriente Medio. El que aspiraba a conseguir el Premio Nobel de la Paz ha metido al mundo en una nueva guerra.
El programa nuclear iraní no es nuevo. Comenzó a desarrollarse en los años 50, durante el reinado del sah Reza Pahlavi, con el apoyo directo de EEUU y otros países occidentales. Irán firmó el Tratado de No Proliferación Nuclear, comprometiéndose formalmente a no desarrollar armas nucleares. A lo largo de los años, las autoridades iraníes han amenazado en varias ocasiones con retirarse del tratado, aunque nunca lo han hecho efectivamente. Fue durante la presidencia de Barak Obama cuando el régimen mostró mayor disposición a colaborar con los observadores internacionales, permitiendo inspecciones en varias de sus instalaciones nucleares. Las sospechas sobre que Irán podría estar desarrollando una bomba atómica surgieron a comienzos de los años 2000, cuando agencias de inteligencia internacionales y gobiernos occidentales detectaron actividades nucleares que excedían los límites permitidos para fines civiles según el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), pero nunca se ha confirmado que Irán haya llegado a producir un arma nuclear. Sí la tienen Francia, China, Rusia, EEUU, India, Pakistán, Corea del Norte, Israel o Reino Unido.
Trump se cree legitimado, como hizo en Venezuela secuestrando al presidente Nicolás Maduro, que no es precisamente santo de mi devoción, como tampoco lo son las monarquías absolutistas de Arabia Saudí o Emiratos Árabes ni los regímenes teocráticos como Irán, a hacer lo que le venga en gana, sin contar con el respaldo del Congreso de los EEUU ni de la mayoría de la opinión pública fuera de sus círculos de apoyo.
Trump sostiene que actúa en defensa de la seguridad nacional, para frenar el avance del programa nuclear iraní y derrocar el régimen. Sin embargo, intervenir militarmente en Irán no equivale necesariamente a debilitar al régimen de los ayatolás. La historia reciente demuestra que los bombardeos externos suelen fortalecer a los sectores más duros dentro de los regímenes autoritarios, al activar el nacionalismo y cerrar filas en torno al poder.
Además, plantear un “cambio de régimen” desde fuera rara vez produce transiciones democráticas estables. Los ejemplos de Irak o Libia muestran que el colapso forzado de un sistema político puede desembocar en inestabilidad prolongada, fragmentación interna y sufrimiento civil masivo.
Acabar con el régimen de los Ayatolás como quiere Trump no se consigue bombardeando el país. De hecho, las mujeres iraníes habían iniciado movilizaciones significativas en defensa de sus derechos civiles y contra la imposición del velo obligatorio. Ese tipo de cambios internos, graduales y sostenidos por la sociedad civil, tienen más posibilidades de transformar un país que la imposición militar externa.
Si de verdad Estados Unidos buscara eliminar regímenes autoritarios, cabría preguntarse por qué no actúa con la misma intensidad en países de África donde los sistemas políticos también violan derechos humanos de manera sistemática y la población sufre dictaduras prolongadas. Ejemplos recientes incluyen Eritrea, Sudán o Guinea Ecuatorial, donde las libertades civiles son severamente limitadas y la represión es constante.
La política exterior de Estados Unidos e Israel sigue criterios estratégicos y económicos, no principios universales de democracia o derechos humanos. Irán es percibido como una amenaza geopolítica directa por su influencia regional y por su programa nuclear, mientras que muchos regímenes africanos no representan intereses estratégicos inmediatos para Occidente. Esto evidencia que la narrativa de “promover la democracia” muchas veces funciona como justificación secundaria de intereses geopolíticos, más que como motivación primaria.
Criticar la política exterior de Trump o Netanyahu no implica simpatizar con el régimen iraní. El sistema político iraní es profundamente restrictivo, especialmente con las mujeres y la oposición.
La acción militar llevado a cabo por parte de EEUU e Israel contra Irán, un Estado soberano, es contrario al derecho internacional. Los cambios políticos deben surgir desde el interior de la propia sociedad y no ser impuestos por una potencia extranjera.
¿De verdad Irán era una amenaza para la paz mundial? A EEUU le importa bien poco derribar el régimen de los ayatolás y que haya libertad en Irán y se constituya un regimen democrático. Detras de este ataque militar, que ha acabado con la vida de Alí Jamenei, hay intereses puramente económicos, como son las reservas de petróleo, Irán es el cuarto país productor mundial, además de ser también productor de amianto. Y, por supuesto, la situación geopolítica en la zona y controlar el estrecho de Ormuz, por donde circulan la mayoria de las operaciones comerciales.