Los Goya volvieron a defraudar, al menos a quienes nos gusta el cine y esperamos que en una gala de cine se hable precisamente de eso: de cine, pero no fue así. No voy a hablar de la nula asistencia de espectadores a las salas para ver películas españolas, donde el denostado por la crítica Santiago Segura, arrasa en las taquillas y su esperada Torrente, presidente, promete superar a la anterior.

La mayoría de los actores lucía en la solapa la chapa con el “Free Palestina”, salvo unos pocos que se negaron a ponérsela. Tampoco faltaron  los pin de banderas y los pañuelos palestinos,  sin embargo, no hubo ninguna referencia al accidente ferroviario de Adamuz, que ha dejado 46 personas fallecidas y cuando Gonzalo Suárez, Goya de Honor a toda una carrera cinematográfica,  se refirió al fenómeno de Manos Limpias, se le olvidó decir para los que tienen poca memoria histórica que aquel movimiento ciudadano, surgió como reacción al terrorismo de ETA.

No habría estado de más que Luis Tosar- quien en una entrevista afirmó que, de haber nacido en Euskadi, quizá habría podido acabar en ETA, hubiera tenido unas palabras para las víctimas del terrorismo etarra, como sí las tuvo para el pueblo gazatí.

Pedro Sánchez y su mujer, Begoña Gómez, no faltaron a la ceremonia. No acudieron al funeral religioso por las víctimas de Adamuz, pero en esta ocasión sí encontraron el momento oportuno para asistir a la gala de los Goya.  Muy preocupado por la situación en Irán y muy poco por lo que ocurre en su entorno familiar y su gobierno, sus primeras palabras fueron para condenar la acción militar de EEUU e Israel contra Irán.

De los presentadores, mejor no hablar. Luis Tosar y Rigoberta Bandini, tanto monta, monta tanto, resultaron previsibles, aburridos y sin ninguna gracia. Tosar es un buen actor, aunque, en mi opinión, algo sobrevalorado. Sus personajes tienden a moverse en registros similares y una sobriedad que a veces roza la monotonía. Me recuerda a otro actor que siempre anda enfadado en sus papeles, Luis Zahera, que protagonizó una campaña publicitaria contra la instalación de una planta de celulosa en Palas de Rey.

Ninguno de los presentes se salió del guión: A falta de criticar un gobierno del PP, condenas a Israel  por la guerra en Gaza, a Trump y advertencias sobre el avance de la extrema derecha. Puestos a hacer crítica política podrían, haber hecho referencia al problema de la vivienda o a las muertes por violencia machista. Pero no, sumisión absoluta al presidente Sánchez, que si no se quedan sin subvenciones.

Macarena Gómez y su marido, Aldo Comas, muy criticados por el gremio subvencionado, fueron la excepción en una gala claramente politizada, que cada vez cuenta con menos audiencia y donde el cine pasa a segundo plano.

Esto escribía la periodista Rebeca Argudo, que hay que leer siempre, en ABC, donde, por imperativo laboral, aguantó estoicamente las cerca de tres horas y media que dura el certamen: “Las gala de los Goya son como los veranos calurosos: el que se sufre en el momento es el peor que se recuerda. Este año también. Una gala hiperideologizada, sin gracia ni ritmo, soporífera y tediosa, en la que lo menos relevante fueron los premios y las obras premiadas”.