El viejuno  y manido eslogan de la izquierda, “No a la guerra” amenaza con convertirse  de nuevo en el eje de toda la campaña electoral, dependiendo, claro está, de lo que dure el conflicto. Lo enarbolan como si fueran los únicos que desean la paz. Como si el resto de los ciudadanos, por discrepar de sus posiciones, fueran poco menos que partidarios de la guerra.

El “No a la guerra” le va a servir para movilizar al votante de izquierda, como ocurrió durante la guerra de Irak.

No hará falta que hable del problema de la vivienda y de cómo solucionarlo o de las inversiones en la red ferroviaria que, como hemos visto con el accidente de Adamuz ha costado vidas humanas. Pedro Sánchez está en el lado correcto de la historia y el resto somos unos vasallos de  Donald Trump.

Hemos escuchado recientemente a la ministra de Igualdad, Ana Redondo, durante la campaña de Castilla y León,  referirse a Pedro Sánchez como el “superhéroe de la democracia y de la paz”.  Yo creo que la ministra de Igualdad se ha quedado incluso corta en sus alabanzas al presidente del Gobierno. Menos mal que no ha hecho referencias al miembro viril del presidente del Gobierno que recientemente ha aparecido en un dibujo donde el feliz matrimonio aparece como Dios los trajo al mundo.

La guerra de Irán no tiene nada que ver con la guerra de Irak, donde la supuesta existencia de armas de destrucción masiva en poder de Sadam Husein resultó ser una infamia utilizada por el trío de las Azores para justificar la invasión de un país que no representaba ninguna amenaza para la paz mundial, aunque sí para su propio pueblo, al que su régimen llegó a gasear, como hizo con los kurdos.

El ataque de Irán no está justificado de acuerdo al derecho internacional, pero España no participa en esa guerra, como sí lo hizo en Irak. Como miembro de la OTAN, está obligada a permitir el uso de determinadas  bases militares, pero ahí termina, en esencia, su implicación.

Donald Trump no es santo de mi devoción, como tampoco lo es Benjamín Netanyahu, pero, puestos a elegir, prefiero a cualquiera de ellos antes que a Alí Jameneí o a cualquier otro sátrapa que pudiera sustituirle. Y en entre un régimen democrático como el de EEUU o Israel y un régimen teocrático y criminal como el iraní, me quedo sin duda con el primero. Israel es la única democracia en Oriente Medio.

Se ha hablado poco, demasiado poco,  de la brutal  represión del régimen iraní contra las mujeres que se manifestaron por las calles del país para defender sus derechos y protestar contra  la imposición de prendas represivas como el burka o el niqab. Más de 30.000 personas, la mayoría mujeres fueron asesinadas. Las mujeres iraníes  llevan décadas sufriendo la represión de un régimen instaurado tras la revolución liderada por el ayatolá Jomeiní, que dio lugar a la actual república islámica.

No es de extrañar que muchos iraníes, como hemos visto en las imágenes difundidas por televisión, celebren  los ataques de la aviación estadounidense e israelí contra objetivos del régimen y lleguen a ver  esta guerra como una oportunidad para liberarse tras décadas de represión.