El sábado, cuando fui al ecoparque a tirar unos escombros, vi un botijo apartado en una esquina, que se había salvado de caer en el contenedor de la basura. Le pedí permiso a Ana, la encargada de las instalaciones y de poner un poco de orden en todo aquello, para llevármelo, y me dijo que sí. Como un niño con zapatos nuevos, lo cogí con cuidado para que no se rompiera. Como cualquier pieza de barro, es delicada y al menor golpe se pude cuartear.

    

                               

Cuando llegue a casa, lo puse debajo de la pila para limpiarlo y quitarle el moho y, ahora, descansa en la alacena de la cocina junto a otras piezas antiguas que conservo, como algunas rellenadoras de salchichas que usábamos durante la matanza del cerdo en la finca, entremezcladas con botellas de sifón Revoltosa y algún molinillo antiguo de café.

 Me encantan los botijos. Tengo varios en casa. Siempre he sido de botijo y porrón. Hoy apenas se ven en las casas, pero hace solo unos años formaban parte del ajuar de la cocina. Es el mejor recipiente para conservar el agua fría, incluso en verano, sin necesidad de nevera, y lo hacen con una elegancia humilde que ninguna tecnología ha logrado superar.

Los botijos son sencillos, pero tienen un encanto especial. Recuerdo cuando era pequeño y en casa no faltaban, tampoco el porrón. Aunque con el porrón había que tener un poco de habilidad para no terminar con el vino derramado por la comisura de los labios. El truco estaba en extender bien el brazo, inclinando un poco la cabeza. En el botijo es más fácil beber, y eso también tiene su magia.