Los canticos racistas que se escucharon durante el encuentro amistoso entre España y Egipto, protagonizados por miles de aficionados que actuaron de manera coordinada y organizada, son el resultado de los discursos xenófobos alentados desde algunas formaciones políticas. Todas, salvo Vox, han condenado los hechos. Los discursos racistas acaban trasladándose a las gradas.
La imagen de España como un país tolerante y acogedor queda seriamente dañada por la acción de sectores extremistas.
A pesar de este lamentable espectáculo, el partido transcurrió con absoluta normalidad. Sin embargo, el árbitro debería haber suspendido el encuentro o las propias selecciones haberse negado a jugar. No es admisible que el fútbol se convierta en una auténtica caverna en la que se toleren o incluso se alienten conductas racistas.
No se trata de hechos aislados, como muchas veces se afirma para restar importancia a estos incidentes.
Normalizamos conductas que no deberían tener cabida en el deporte, desde faltas de respeto como pitar pite el himno de España en la Copa del Rey hasta insultos abiertamente racistas como llamar “mono” a un jugador por el color de su piel. Esta tolerancia social hacia comportamientos inaceptables contribuye a que el problema persista y se agrave.
Desde hace mucho tiempo se permite el acceso a los estadios de grupos ultra sin que los clubes adopten medidas eficaces para impedirlo.
Resulta imprescindible que instituciones, clubes y organismos deportivos actúen con firmeza para erradicar estas conductas y proteger los valores de respeto e igualdad que el deporte debería representar.