La viña empieza a despertar tras el parón invernal y, con ella, también lo hacen las expectativas. Los agricultores ya tenemos la vista puesta en la nueva campaña, después de una primavera bastante lluviosa. Eso sí, con la incertidumbre siempre presente en los precios. Confiando porque el agricultor es optimista por naturaleza en que esta campaña sea mejor que la anterior.
Hace unos días leía una artículo muy interesante del crítico de vinos José Peñín, responsable de la prestigiosa Guía Peñín, referente para los amantes del vino, titulado “Cómo veo el futuro del vino español”, donde como conclusión final abogaba por los vinos de calidad y donde afirmaba que el verdadero desafío del vino no es técnico ni comercial sino cultural. “El vino se encamina hacia un bien de distinción, asociado a una minoría dispuesta a pagar por lo que representa”, afirma el crítico. El vino no desaparecerá. Su arraigo histórico garantiza su continuidad. Pero cambiará de posición en la sociedad. La tendencia parece acercarse a convertir el vino en un producto exclusivo y de lujo.
La caída del consumo, sobre todo entre los más jóvenes- que prefieren otro tipo de bebidas como la cerveza- está obligando al sector a replantarse su modelo de cara al futuro. En ese camino muchas bodegas desaparecerán y será inevitable ajustar la oferta a la demanda. Pocos sectores agrícolas reflejan una desconexión tan evidente: cada año se elaboran alrededor de 230 millones de hectólitros.
El problema no es solo que se beba menos vino, sino que se produce más del que el mercado puede absorber. Más bodegas, más etiquetas, pero menos consumidores. Algo hay que hacer ante esta realidad para que no nos pille con el pie cambiado.
Aun así muchos agricultores seguimos apostando por la viña aunque los cánones hayan cambiado. A quienes nos gusta el vino porque disfrutamos con toda la parafernalia que lo rodea —el paisaje, la vendimia, el terroir, la bodega, la conversación pausada alrededor de una copa— nos cuesta imaginar un mundo en el que pierda su esencia.
Quizá tenga razón José Peñín y el vino deje de ser un producto cotidiano para convertirse en algo más selecto, más cultural que alimenticio. Tal vez ya no esté presente en todas las mesas, pero seguirá ocupando un lugar especial en aquellas donde se valore su historia, su origen y el trabajo que hay detrás de cada botella.
El reto, entonces, no será solo producir más o vender mejor, sino transmitir ese valor. Conectar con nuevas generaciones desde otro enfoque, más ligado a la experiencia que al hábito. Porque el vino no es solo una bebida: es territorio, es tradición y es identidad.
Y mientras haya quienes sigamos creyendo en eso, la viña seguirá despertando cada primavera.